lunes, 8 de enero de 2018

CAPITULO 18





Walter Thomson observaba con ojo crítico desde su elevado estrado a la extraña pareja de criminales que tenía ante él, un poco molesto por haberse visto obligado a abandonar un hermoso día de pesca cuando estaba muy cerca de conseguir una grandiosa pieza. En sus setenta y siete años de vida, nunca había visto malhechores tan singulares como aquellos dos que lo miraban desdeñosamente desde su baja posición: una señorita bastante elegante y un perro de aspecto soberbio, que esperaban con impaciencia que él diera comienzo a esa pequeña vista en la cual se decidiría la fianza y el día del juicio.


—¿Me pueden explicar qué hace ese chucho aquí? —exigió el estricto juez a Teo Philips.


—Él es uno de los detenidos por agresión a un agente, señoría. El otro es esta señorita —anunció el jefe de policía, ganándose una interrogativa mirada de un hombre que aumentaba su enfado con cada palabra que se pronunciaba y que revelaba lo ridículo de esa absurda situación.


—¿Quién es el estúpido que ha detenido a un perro? —requirió el juez, furioso porque su hermoso día de pesca había sido arruinado por una sandez.


—Colt Mackenzie, señoría —anunció Teo, explicándolo todo en dos palabras.


—Opino, señor juez, que ya hemos esperado bastante en una pequeña celda por una acción que no se hubiese producido si no hubiéramos sido debidamente provocados. Simplemente, impónganos la fianza que considere oportuna y nosotros saldremos rápidamente de aquí, olvidando la ineptidud de sus agentes —intervino en ese momento Paula.


—¡Que yo sepa, señorita, el juez aquí soy yo! ¡Y aún no le he concedido la palabra, así que le ordeno que guarde silencio si no quiere volver a su celda de inmediato! ¿Quién es su abogado, señorita?


—Yo represento a Henry y a mí misma en esta vista previa, señoría.


—¿Me puede explicar alguien quién narices es Henry? —exigió el juez, algo perdido.


—Es el perro, señoría —señaló Teo, recibiendo un airado gruñido del ofendido animal.


—Le rogaría que no lo llamara «perro» — repuso Paula—. A Henry no le gusta que usen con él ese término tan denigrante.


—Y a mí no me gusta que me llamen «viejo gruñón», pero no puedo negar que lo soy — manifestó el juez negándose a otorgarle otro tratamiento a Henry que no fuera el de perro.


—¡Señoría! ¿Quién se atreve a tratarle con un calificativo tan inadecuado...? —Paula intentó suavizar así el ambiente, pero fue interrumpida de lleno por un jocoso impertinente ya conocido.


—¡Mira, Jose! Parece que todavía no ha comenzado lo bueno. ¡Corre, no me quiero perder cómo ese viejo gruñón le da una lección a la víbora estirada!


—¿Decía usted...? —preguntó burlonamente el juez, rechazando por completo los intentos de Paula de atenuar su enfado.


—Mejor ignórelo, señoría. Los necios sólo saben decir sandeces —comentó Paula en voz alta haciéndose oír por todos.


—¿A quién llamas necio, princesita maleducada? —exclamó Pedro, obviando la seriedad de la situación y dirigiéndose con paso ligero a través de la sala hasta enfrentarse a la mirada airada de esa pesadilla de mujer.


—Estoy demasiado ocupada como para pelearme contigo ahora mismo. Si esperas un rato, podré vapulearte con mi superioridad tanto intelectual como económica. Ahora, por favor, retírate —ordenó la princesa, como si de un lacayo se tratase, señalándole la salida.


—¡Con quién narices te crees que estás hablando! —gritó Pedro, furioso, apretando fuertemente sus airados puños—. ¡Yo no soy tu perro!


— No, definitivamente él tiene más modales que tú. ¿No ves que esto es una vista cerrada? ¿Qué narices haces tú aquí? —exigió Paula, levantando su voz y poniéndose a su mismo nivel.


—Te recuerdo que fui agredido por tu perro, y por ti, dicho sea de paso.


—¿Y de quién es la culpa, simio insensible? ¿O es que acaso no advertí mil veces de que Henry estaba fingiendo?


—¡Tú, bruja pretenciosa...!


—¡Tú, cretino ignorante...!


El juez Walter frotaba su distinguido mentón absorto en la pelea y, cuando Walter Thomson hacía eso, era una indudable señal de problemas.


—¿Siempre están así esos dos? —preguntó Thomson al jefe de policía.


—Desde el preciso momento en que se vieron. Parece que fue odio a primera vista —se burló Teo, sin dejar de prestar atención a la interesante disputa de tan divertidos adversarios que parecían tener un vocabulario muy florido.


—¿Qué crees que pasaría si se vieran obligados a convivir juntos durante un tiempo? — preguntó el juez, reflexivo.


—Lo más probable es que estallara una guerra entre ambos.


—Esa pareja me recuerda mucho a nuestra famosa doña Perfecta y nuestro agitador Salvaje.


—Sí, nos divertimos mucho con sus trastadas hasta que descubrieron que estaban hechos el uno para el otro.


—Ahora el pueblo está muy tranquilo y desde hace mucho tiempo la pizarra de Zoe está vacía — apuntó el juez, rememorando el tablero que Zoe colocaba en su bar, donde todos llevaban a cabo apuestas sobre las jugarretas que se hacían dos afamados vecinos del pueblo hacía ya algunos años.

Esa pizarra me hizo muy feliz en más de una ocasión en la que aposté por Alan Taylor el Salvaje —recordó Teo.


—Yo siempre lo hacía por doña Perfecta: esa mujercita era muy imaginativa a la hora de darle su merecido a ese rebelde jovenzuelo —comentó el juez.


Desde que se casaron y formaron una familia, todo está demasiado tranquilo. En ocasiones tienen sus disputas, pero ya no es lo mismo —declaró Teo, un tanto apenado.


—Sí, la gente está bastante aburrida. Tal vez por eso me llamáis a cada instante y no me dejáis pescar en paz en días tan hermosos como éste — gruñó Walter, aún resentido por la pérdida de su amada pieza.


—Walter, piensa muy bien lo que vas a hacer: ella es una niña mimada, y él, el risueño niño bonito de Whiterlande. Nunca serán capaces de aguantar más de una semana juntos.


—Sí, tienes razón, Teo... Que sean tres meses, pues.


—Además, hay un perro de por medio...


—Más emoción para Zoe y su pizarra con este extraño trío.


—Pero Walter, ella sólo está de paso... y Pedro tiene problemas con su clínica.


—Es verdad —reconoció el juez. Tras un instante de meditar sobre el asunto, dijo—: No te preocupes, ¡déjalo todo en mis manos!


Esa simple afirmación hizo que Teo temiera todavía más su sentencia. Pero cuando el juez Walter Thomson alzó el mazo, todo estaba decidido. Con toda seguridad, esos dos iban a ser sentenciados a estar juntos para apaciguar el amargo humor de Walter al haber perdido un espléndido día de pesca. «¿Por qué narices no habré esperado un día más para hacer llamar a Walter?», se lamentó el jefe de policía mientras atendía al ineludible dictamen del juez.


—¡Silencio! —gritó airadamente el magistrado haciéndose escuchar y poniendo fin a la interminable disputa—. ¡Aquí el único que tiene derecho a hablar soy yo! ¿Entendido? —amonestó severamente a los presentes en la sala—. Pedro Alfonso, ¿me puedes explicar qué demonios haces aquí? —exigió, mirando con ojo crítico al sonriente entrometido.


—Sólo quería conocer la sentencia que le impondrá a esta bruja y comprobar si le daba su merecido, señor juez —comentó jocosamente Pedro —. Después de todo, yo soy la víctima aquí: ella y su perro me atacaron.


—Qué raro que un muchacho que no podía alejarse de los problemas, y al que he tenido en más de una ocasión en esta sala, quiera ver ahora el veredicto de uno de mis juicios —replicó irónico Walter sin perder de vista a uno de sus indisciplinados jovenzuelos más reincidentes—. En fin, entonces, si he entendido bien, tú quieres que esta señorita te resarza por su agresión.


—Con una disculpa pública bastará, señoría —afirmó de forma arrogante, observando con suma atención la irritada cara de su rival.


—No, no... —negó el juez Thomson—. Eso no es suficiente, jovencito. Sin duda tus heridas son graves o no hubieras venido hasta aquí, a mi juzgado, a mi sala de audiencias, para interrumpir uno de mis juicios —recordó sobriamente el juez, haciéndole ver finalmente a Pedro que se hallaba en problemas.


—No importa, señoría. Esto... ya no quiero nada... —declaró intentando retroceder antes de que el mazo cayera.


Pero no fue lo suficientemente rápido y el mazo cayó a la velocidad del rayo mientras Walter Thomson, con una malvada sonrisa, decretaba el castigo de los impertinentes que habían osado interrumpirle en su maravilloso día de pesca.



domingo, 7 de enero de 2018

CAPITULO 17





—Parece ser que por fin has aprendido cuál es tu lugar, hermanito —bromeó Jose Alfonso al ver a Pedro sentado en el suelo de un apartado rincón de la estancia.


Mientras Pedro ojeaba una revista absorto en sus pensamientos, no le quitaba ojo a la joven inconsciente que ocupaba la cama de la estrecha celda.


—Muy divertido, hermanito; acompañaría gustoso tus bromas si no fuera porque llevo una hora encerrado en este estrecho calabozo a la espera de que aparecieras, vigilado por un perro que se cree superior a la raza humana y una bella durmiente que, cuando despierta, se convierte en una bruja.


—No creí que fuera algo de urgencia por los síntomas que me describió Teo, y me encontraba algo ocupado quitándole la escayola a la señora Matson, así que decidí dejar el cuidado de la chica en tus manos. Por lo que veo, aún no ha recuperado la conciencia, tal vez me equivoqué...


—No te preocupes. Se recuperó hace rato y parecía estar en perfectas condiciones porque me gritaba como una posesa; luego vio la sangre de mi pierna y volvió a desvanecerse. Creo que es una de esas féminas con fobia a la sangre.


—Vaya, no sabía que tú también necesitaras de mis cuidados. ¿Qué te ha ocurrido? —preguntó Jose, confuso, al observar la herida en la pierna de su hermano.


—Eso me ha ocurrido —indicó Pedro enfurruñado señalando al insolente Henry, que en esos momentos osaba hacerse el inocente ante terceras personas.


—¿Te mordió el perro o ella? —bromeó Jose mientras atendía su herida.


—Fue el chucho. Ella intentó dejarme ciego con esta cosa. Por suerte pude desarmarla — informó Pedro alzando la arrugada revista de moda.


—¡Vaya, hermanito! ¡Veo que al fin has encontrado una mujer que no cae rendida a tus pies! —comentó Jose mientras sonreía con satisfacción a su libertino hermano.


—Bueno, se desmayó encima de mí, así que literalmente sí que cayó a mis pies —repuso Pedroobservando con intensidad a la inconsciente mujer que en esos instantes no parecía tan arisca.


—Cuando volvió en sí, ¿pudiste comprobar si se encontraba bien?


—Como intentó atacarme de nuevo, creo que no me equivoco si te aseguro que está en perfectas condiciones. Aunque quizá habría que ponerle la antirrábica. Y comprarle un bozal.


Pedro, ¿no será que, después de andar todo el día con animales, no sabes cómo tratar a una mujer?


—A las mujeres las trato con delicadeza y educación. A esa fiera salvaje, ni con un látigo sería capaz de domarla. Tiene un carácter de mil demonios. Y un guardián un tanto altivo que cree que sus pulgas tienen más alcurnia que yo.


—Y probablemente la tengan... —apuntó insultantemente la hasta ahora desvanecida mujer.


—¡Cuidado, Jose! ¡No te acerques! Tal vez muerda, y un mordisco de ella seguro que es más peligroso que el del chucho. Después de todo, su lengua destila veneno.


—Por suerte para usted, mi tía me llevó a prestigiosos colegios para que aprendiera a ser una dama, así que mi distinguida educación me impide decir lo que pienso de un hombre como usted —dijo orgullosamente la altiva princesa de hielo, recuperada por completo de su desmayo.


—Qué desperdicio de dinero por parte de su tía —replicó impertinentemente Pedro, haciendo enfurecer a la estirada señorita.


Paula Olivia Chaves se levantó del lecho altamente ofendida y, con paso decidido, se encaminó hacia el joven veterinario. Como la revista ahora descansaba en las manos de Pedro, ya no podía valerse de ella para amenazar a tan energúmeno neandertal, así que alzó uno de sus dedos de forma arrogante y golpeó con insistencia el pecho de ese inepto, a la vez que enumeraba todos y cada uno de los errores que había cometido ese estúpido hombre.


—¡Pedazo de obtuso, mentecato ignorante! ¿Acaso no le advertí de que el perro estaba fingiendo? ¿No le dije que no se acercara para que no le hiriera? ¿No me interpuse entre Henry y usted para que no saliera lastimado? Y así es como me lo agradece... —expresó enfurecida mientras se enfrentaba a unos enojados ojos azules.


—Señorita, nada de eso hubiera pasado si usted hubiese educado a su perro en condiciones y se hubiera hecho cargo de él —declaró con petulancia el insufrible veterinario.


—¡No es mi perro! ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Es el perro de mi tía! —declaró Paula una vez más, pues antes había sido ignorada.


—Entonces, su tía es una mujer muy descuidada que no sabe nada acerca de cómo educar a una niña mimada como usted... y mucho menos aún de cómo hacerlo con un chucho sarnoso venido a menos.


—¡No se atreva a meterse con mi tía! ¡La única que tiene derecho a hablar mal de ella soy yo! — gritó Paula a la vez que apretaba con fuerza los puños, tentada de agredir a alguien nuevamente ese día. Pero, como eso sólo le hubiese acarreado más preocupaciones, desistió de ello y bajó la cabeza intentando contar hasta veinte y respirar profundamente. Pero nada de ello le sirvió para tranquilizarse cuando el rubio impertinente alzó su rostro con una de sus fuertes manos y le sonrió lleno de satisfacción.


—¡Vaya! Veo que por fin he conseguido silenciar esa lengua tan venenosa... —se jactó alegremente Pedro ante el silencio de la enervante joven.


Creo que nunca debería olvidar sus propios consejos... —advirtió Paula con el brillo de malevolencia característico de los Chaves en sus insolentes ojos.


—¿Cuál de ellos? —alardeó un altivo Pedro ante el silencio de su triunfo.


Y la joven le contestó mostrándole con amabilidad y sublime educación cuál había sido su error: mordió su impertinente mano con fuerza, ante el asombro de todos, y luego se alejó dignamente no sin antes advertir a Henry.


—¿Cuántas veces tengo que decirte que no muerdas la inmundicia que encuentres a tu paso? Si sigues haciendo eso, sin duda enfermarás — anunció con ironía mientras se limpiaba la boca con la manga del caro traje de diseño.


Después simplemente se sentó con una sonrisa de eterna suficiencia en los labios mientras se resignaba a esperar la nueva condena por su imprudente agresión, pero es que ese hombre, definitivamente, era capaz de sacar lo peor que había en ella y, por lo visto, también de Henry, ya que no dejaba de gruñirle amenazadoramente desde su rincón.


Por lo menos Henry y ella estaban totalmente de acuerdo en una cosa: saldrían cuanto antes de ese roñoso pueblo y, en cuanto pudieran, pondrían la mayor distancia posible entre ese estúpido hombre y ellos. Porque, si se veía obligada a pasar un poco más de tiempo con él, quién sabe lo que su loco y alterado temperamento le llevaría a hacer.


—¿Lo has visto? ¿Lo has visto? ¡Me ha mordido! ¡Te dije que era peligrosa! Rápido, Jose, ¡ponme la antirrábica antes de que me pegue su mala leche!


—Lamento decirte, hermanito, que creo que te lo tenías merecido —contestó alegremente Jose mientras le dirigía una mirada amable a la agresora.


—De los dos, usted es el listo, ¿verdad? — preguntó Paula, interesada al observar a un hombre de apariencia muy similar a la del desquiciante veterinario, pero cuya persona era, sin duda, más madura y adecuada.


—Yo soy médico. Mi hermano, veterinario. Creo que eso lo explica todo —se burló Jose de su indignado hermano.


—¡Eso sólo quiere decir que, mientras tú atiendes a la señora Matson, yo atiendo a...!


—La señora vaca —intervino Paula impertinentemente.


—¡Y eso me lo dice la abogada que tiene como cliente a un perro! —señaló Pedro sonriendo finalmente al recordar la extraña situación de esa molesta mujer.


—Ese perro me paga mis caros trajes de marca, mi nuevo dúplex y mi BMW. ¿Le puedo preguntar lo que le paga la señora vaca cuando va usted a visitarla? —preguntó jocosamente Paula, burlándose de la impertinencia de ese tipo que aún no sabía cuál era su lugar, algo que sin duda ella no tardaría en mostrarle. Su sitio estaba bajo sus caros zapatos de mil dólares o, en su defecto, a cientos de kilómetros de ella.


Eran los sujetos como él los que Paula tanto detestaba. A simple vista suponían una tentación, y su simpatía llevaba a una mujer a olvidarse de lo esencial: los hombres eran animales traicioneros por naturaleza. Ese atractivo espécimen intentaba parecer amable y honrado, pero seguro que era un mujeriego empedernido al que no le importaba aplastar los sentimientos de cualquier mujer.


Sólo porque ella no había entrado en su rol de chica indefensa, él la había tratado como todos los demás estúpidos que la rodeaban en su día a día: con burlas crueles e intentos de aplastar su autoestima creyéndose superiores a ella.


Pero si por algo eran conocidos los Chaves era por su determinación a no dejarse pisotear por nadie, y mucho menos por el quitapulgas de un pequeño pueblucho... Y pensar que en algún momento llegó a intentar ayudar a ese idiota para que Henry no lo mordiera. ¡Estúpida! ¡Estúpida!


Ya debería haber aprendido la lección: los guapos de brillante sonrisa, sin duda, eran los peores.


Teo Philips no tardó en interrumpir el tenso ambiente que no habría tardado mucho en explotar si no fuera por la conversación apacible de Jose, que intentaba alejar a ambos de los apasionados insultos que tanto parecían adorar.


—¡Víbora! ¡Prefiero mil veces carecer de dinero que ser un amargado como usted!


—Yo no soy una amargada, pero dudo de que usted llegue a tener alguna vez ni siquiera la décima parte del dinero de Henry.


—¿Me está comparando con un perro? —gritó Pedro, indignado.


—No, eso sería algo desafortunado para Henry. Además, ¿de qué se queja? ¡Usted me comparó con un reptil!


—¡Bruja!


—¡Neandertal!


—¿No sería mejor para todos que os calmarais un poco? —intentó mediar Jose para hacerlos entrar en razón—. Vamos, que os estáis comportando como chiquillos y...


—¡No te metas! —gritaron a la vez los dos antagonistas, poniéndose por primera vez de acuerdo en algo.


—¡Por fin ha vuelto Walter! —comentó en ese momento casi sin aliento el viejo Teo mientras se adentraba rápidamente en una celda que en esos instantes se hallaba un tanto sobrecargada—. Le hemos explicado todo lo ocurrido y quiere ver a los acusados ahora.


—¡Bien! ¡Por fin podré salir de este fastidioso agujero! —dijo Paula, molesta por la tardanza del todopoderoso Walter—. ¡Vámonos, Henry! Muy pronto estaremos a kilómetros de distancia de este horrendo lugar —expresó insolente, mientras el soberbio perro la acompañaba hacia la salida de su confinamiento.


Los hermanos Alfonso no apartaron sus ojos de la atractiva visión que era observar el altivo pero atrayente caminar de la orgullosa diosa que se alejaba muy convencida de su victoria.


Pedro estaba dispuesto a alejarla de sus pensamientos para siempre, cuando recordó algo que tal vez podía llegar a alegrarle el día.


—Oye, Jose, ¿Walter no es el anciano juez que nos castigó a un año de trabajos de limpieza en su casa por romperle una ventana con nuestra pelota de béisbol cuando yo tenía diez años?


—El mismo. Es ese anciano al que nadie puede hacer entrar en razón en cuanto se le mete algo en la cabeza. Aún recuerdo que se negó a aceptar el dinero de nuestros padres y nos hizo trabajar noche y día por esa ventana.


—¿Ése es el juez excéntrico que, si se aburre, se inventa castigos insólitos para los insolentes que osan hacerlo trabajar?


—Sí, ése es. El juez Walter obligó a Jenquis a vestirse de mujer durante seis meses para que dejara de meterse con las camareras de Zoe, ¿recuerdas?


—Ese hombre irascible que odia que lo alejen de su caña de pescar... —expresó en voz alta Pedro.


—Sí, y he oído que hoy estaba pescando en su lugar favorito. No sé si verdaderamente Teo no lo encontraba o es que no se atrevía a alejarlo de su hobby por miedo a las represalias.


—¡Oh, esto no me lo pierdo...! —se entusiasmó Pedro, frotándose las manos ante la idea de ver el resultado del juicio de la princesita arrogante a la que de nada le serviría el dinero frente a la presencia del viejo y cascarrabias juez tan temido en su infancia.




CAPITULO 16




Desde su posición en el frío suelo, Pedro no podía dejar de observar una y otra vez a la princesita desdeñosa que todavía no había recuperado la conciencia. Paula Olivia Chaves se llamaba... Pedro se percató en ese momento de que ése era el apellido de la anciana que lo había llamado antes: Chaves. Y también el nombre que ella le había mencionado, Paula, por lo que Pedro empezó a pensar que la extraña llamada que recibió antes tal vez no fuese una broma, después de todo.


Que alguien estuviera dispuesto a pagar diez millones de dólares a otra persona para que se casara con Paula le resultaba inaudito, pero lo más increíble era que alguien quisiera casarse con ella aunque le pagaran esa cantidad. 


¡Por Dios! Su lengua era más venenosa que la de una serpiente.


Era arrogante, orgullosa, mandona y siempre creía tener la razón. Seguro que era de esas féminas que siempre dicen «Te lo dije» y que señalan una y otra vez todos los defectos de una persona para minarle la moral.


Era hermosa, eso era algo innegable, con su bella melena de liso y sedoso pelo negro que le llegaba hasta los hombros y su dulce y fino rostro de distinguida princesita, con unos grandes ojos marrones y unos delicados y jugosos labios.


Se trataba de una atractiva mujer que no podría tener más de veinticinco o veintiséis años. Su cuerpo estaba lleno de seductoras curvas, ocultas tras un traje de corte un tanto severo de ejecutiva millonaria. Si tan sólo pudiera deshacerse de esa molesta y firme chaqueta que aplanaba su figura y lo desorientaba sobre el tamaño de sus pechos...


¿Llenarían su mano si los acariciaba o le harían falta ambas para abarcar la redondez de sus senos? ¿Serían sus pezones pequeños y rosados, o grandes y del color del melocotón maduro?


Sus piernas eran largas y firmes, ¿cómo se agarrarían a su cuerpo si hicieran el amor? Y su redondeado trasero era bastante tentador, sobre todo cuando utilizaba esa lengua viperina que tanto lo alteraba, ¿cómo se vería ese culito desnudo en su regazo mientras era azotado? ¿Se callaría si golpeaba bien fuerte o, por el contrario, gemiría y gritaría su nombre? Y esa deliciosa boquita tan insolente... ¡cómo le gustaría silenciarla dándole algo con lo que estuviera ocupada!


Su miembro se emocionó ante tan lascivos pensamientos, deseando comenzar con tan elaborada fantasía, y fue en ese instante cuando Pedro supo que tenía problemas. Nunca había deseado tanto a una mujer como para fantasear con ella tan sólo unos momentos después de haberla conocido. Vale que tenía una imaginación un tanto vívida y que en su adolescencia había tenido muchas chicas, pero últimamente ninguna le llamaba tanto la atención como para fantasear con ella.


En los últimos años solía tener aventuras de una noche: salía, conocía a una chica hermosa y acababa con su frustración y el estrés de su trabajo gracias a una tórrida noche de sexo. Luego volvía al trabajo y pocas veces recordaba cómo era la chica de la noche anterior. Pero, con esa temperamental princesa de piel de porcelana, no tendría ningún problema a la hora de recordarla, porque, sin haber hecho nada aún, no podía sacarse de la cabeza la idea de acostarse con ella.


¿Sería que sus dos meses de abstinencia le estaban afectando? Sí, sin duda era eso. A alguien como él definitivamente no podía interesarle una señorita arrogante y mimada como ésa, que no hacía otra cosa que morder a todo el mundo. De todas formas, lo mejor sería alejarse de esa joven tan peligrosa. No quería acabar liado con una damita tan arisca como ella, que a cada palabra destilaba veneno. Ni aunque eso diera lugar al mejor sexo de su vida.


En definitiva, no valía la pena arriesgarse, así que, en cuanto su hermano llegara a esa pequeña celda, él desaparecería y la señorita Tentación y él no volverían a encontrarse nunca más. No merecía la pena arriesgar su libertad, ni siquiera por esos hipotéticos diez millones de dólares. A él nadie lo compraría, y menos una damita con un genio tan temperamental como ella... aunque esa boquita seguía tentándolo mucho más que el dinero.