sábado, 13 de enero de 2018

CAPITULO 36




Después de terminar el duro día de trabajo, que había desarrollado un tanto ausente, ya que su mente y su corazón estaban hundidos por la noticia que su supuesta amiga le había proporcionado, Paula se despidió de Nina y de su hermosa manicura y cerró la clínica quedándose a solas con el apuesto veterinario, que parecía haberla esquivado durante toda la jornada. Tal vez Pedro fuera uno de esos hombres que no sabían qué hacer ante las lágrimas de una mujer y verlas tan de cerca lo asustaba demasiado.


Finalmente, dispuesta a dar fin a ese nefasto día y volver a casa para sentarse frente al televisor con un gran bol de helado de chocolate que acompañaría sus quejas mientras le gritaba a las protagonistas de las empalagosas películas románticas que no se enamoraran, coreada por los aullidos de Henry, que parecía estar de acuerdo con ella en esos momentos, Paula se dirigió hacia el despacho de Pedro, donde éste debería estar revisando sus facturas pendientes una vez más.


Aunque lo más seguro fuera que estuviera entretenido con alguno de esos estúpidos juegos de su móvil, enviciado como un inmaduro adolescente. Tal vez por eso, la mitad de las veces ese trasto de última generación que siempre llevaba consigo se encontraba sin batería.


Cuando abrió despacio la puerta, Paula halló ante sí una imagen que le hizo darse cuenta de la dedicación de ese hombre hacia su trabajo: Pedro estaba profundamente dormido encima de su libro de cuentas, y entre sus manos descansaba alguna que otra advertencia de embargo de su banco.


Las facturas de los clientes que lo evitaban habían sido divididas y señaladas con unos pequeños post-it en varias categorías:
«Definitivamente no pueden pagarme», «Tal vez lo hagan poco a poco» y «Me evitan, aunque los muy cabrones tienen dinero».


Paula sonrió ante la original forma que tenía Pedro de clasificar sus problemas y tocó levemente su hombro para despertarlo.


Pedro, ya es la hora de cerrar la clínica.


Tras ver que sus leves toques no conseguían despertar a ese hombre en absoluto, lo zarandeó un poco, consiguiendo que finalmente se moviera soñolientamente y cambiara de postura.


—Mamá, déjame descansar un poco más —se quejó Pedro intentando volver a su agradable sueño —. Estoy teniendo un bonito sueño y aún no quiero despertar...


—¿Y qué estás soñando? —le susurró Paula al oído, dispuesta a aprovechar la confusión de ese adormilado hombre para enterarse de sus escabrosos secretos.


—Que le devuelvo la alegría a una mujer que ya no recuerda cómo es sonreír... —contestó Pedro, despertando al fin de su sueño y enfrentándose a la triste mirada de Paula, que tantas veces había tratado de evitar ese día.


—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo hacías? —preguntó Paula cuando sus ojos se encontraron finalmente.


—Así, princesa —anunció Pedro, poco antes de hacer que Paula cayera en su regazo y sus labios probaran al fin la fruta prohibida que era esa mujer y que tantas veces le había tentado con su sola presencia.


Pedro la besó con dulzura, deleitándose con su pecaminoso sabor. Separó sus labios lentamente con los suyos, y su lengua buscó una respuesta a sus atrevidos avances, que sin duda serían fulminantemente rechazados... pero ella tan sólo gimió, aceptándolo por completo mientras respondía a ese beso con la misma arrolladora pasión con la que Pedro lo había iniciado.


Él la acomodó en su regazo sin abandonar en ningún momento sus adictivos besos, que le hacían desear cada vez más de esa arrolladora pasión que los envolvía. Atrajo a Paula junto a él hasta que no quedó espacio alguno para un instante de duda o de remordimiento por lo que sus cuerpos querían.


Paula se alzaba a horcajadas sobre el cuerpo de Pedro en una minúscula silla que apenas les permitía moverse, pero ellos no necesitaban más. Las manos de Pedro se movieron solas: mientras una de ellas impedía que Paula rechazara sus besos sujetando fuertemente sus hermosos cabellos, la otra la despojaba de su elegante chaqueta, que ahora limitaba el placer de poder deleitarse con la visión de su cuerpo.


Paula gemía, respondiendo con abandono a cada uno de los avances de Pedro, y lo ayudó a deshacerse de su ropa sin dejar de jugar con el atrayente hombre que la hacía olvidarse de todo con el simple roce de sus caricias.


Pedro arrojó a un lado la fastidiosa prenda y, ante el seductor panorama que representaban los hermosos senos de Paula tapados por una leve blusa blanca bastante transparente, sus impetuosas manos se deshicieron con rapidez de tal molestia abriéndola con brusquedad para dejar expuestos a su ávida mirada los tentadores pechos cubiertos por un escueto sujetador negro.


Pedro no se molestó en apartar más prendas del ardiente cuerpo de Paula. Simplemente bajó con sus dientes el lujoso sostén hasta dejar libres sus senos, y sujetó la espalda de Paula con sus fuertes manos poco antes de comenzar a adorar su cuerpo con las caricias de sus labios.


Pedro besó con dulzura sus enhiestos pezones hasta obtener algún apasionado gemido del cuerpo de esa mujer que en esos instantes lo volvía loco con sus movimientos que buscaban con impaciencia la unión de sus cuerpos.


A pesar de que su impaciente y erguido miembro le exigía hundirse una y otra vez en el cuerpo de Paula, Pedro no se apresuró en sus deseos, ya que esa noche era para ella. Él le haría olvidar todo aquello que no fuera la arrolladora pasión que los envolvía, y borraría de su rostro esa tristeza que tanto lo afectaba.


Su boca jugueteó con sus pezones, succionándolos y mordisqueándolos, mientras Paula arqueaba su espalda ofreciendo su cuerpo a la pasión del momento. Pedro no dudó en aumentar su goce acariciando con lentitud una de sus hermosas piernas envueltas en unas caras medias de seda hasta llegar al borde de su falda, que alzó para dar con la ropa interior más atrayente que había visto nunca: un fino y delicado liguero negro sujetaba sus medias; eso lo atrajo... pero el minúsculo y diabólico tanga transparente con un elaborado bordado le hizo olvidar todas sus buenas intenciones de ir con lentitud.


—¡Dios! ¿Esto es lo que llevabas puesto todos los días debajo de tu rígido traje mientras trabajabas? —exclamó Pedro jugando con la parte trasera del delicado tanga del que ahora tiraba haciéndola humedecer con el simple roce de la refinada tela.


—Sí... Me gusta... la ropa interior... elegante —gimió Paula, moviéndose descontroladamente sobre su regazo en busca de su placer.


—Princesa, esta lencería no es elegante: es pecaminosa, lasciva, un tanto pervertida, pero no... elegante —Sonrió lascivamente mientras observaba cómo Paula se movía encima de él, próxima al orgasmo.


—La dependienta... me aseguró... que era elegante... Y además... yo necesitaba... algo distinto —contestó Paula entrecortadamente sin poder resistir el placer de las caricias de Pedro, que finalmente había desistido de su pérfido juego con su ropa interior y se adentraba en su húmedo interior.


Pedro acarició con lentitud su clítoris, haciéndola gritar sobre su regazo, pero, cuando uno de sus dedos estaba a punto de adentrarse en ella, cesó en sus caricias.


—¿Por qué necesitabas algo distinto? — preguntó Pedro, negándose a seguir con sus provocadoras caricias si sus preguntas no eran contestadas.


Paula esquivó su mirada, pero la fuerte mano de Pedro volvió su rostro haciendo que sus ojos nuevamente se encontraran.


—Porque alguien me dijo en una ocasión que yo nunca podría llegar a tentar a un hombre, y por eso yo...


—Mírame —ordenó seriamente Pedrohaciéndola desistir de volver a esconder su mirada —. Te puedo asegurar que, a pesar de lo que creas de mí, esta respuesta no la consiguen todas las mujeres, y menos aún una a la que no desee —
aseguró Pedro, acomodando la mano de Paula sobre su erguido e impaciente miembro, el cual Paula comenzó a acariciar con curiosidad.


—En cuanto a lo de ser una tentación, te puedo garantizar que para mí lo eres a cada momento. No ha habido un día desde que te conocí en el que no haya deseado tumbarte en algún lugar de mi despacho para hundirme profundamente en tu cuerpo —confesó Pedro intentando ser serio en sus palabras, aunque las manos que sacaban su miembro de su encierro definitivamente lo distraían.


—Demuéstrame que tus palabras son verdad —pidió Paula, mientras se acomodaba sobre su miembro y lo introducía lentamente en su interior.


—¡Oh, no dudes que lo haré una y otra vez, princesa! —gimió Pedro alzando sus caderas a la vez que se hundía profundamente en su interior.


Pedro acogió el trasero de Paula entre sus fuertes manos, marcando el ritmo del placer a la vez que su boca no dejaba de saborear la tentación que representaban esos suculentos pechos que se bamboleaban frente a su cara con cada uno de sus movimientos.


Ella arañó su espalda hundiendo profundamente las uñas en su piel, marcándolo como suyo en medio del placer, algo que a Pedro le excitó, ya que su miembro aumentó su tamaño, y él, el ímpetu de sus embestidas.


La diosa que se alzaba casi desnuda sobre él lo llevaba al límite del placer. Sus gemidos y sus gritos sólo incrementaban su deseo por hacerla llegar a la cumbre del goce, así que Pedro usó una de sus manos para acariciar el sensible clítoris y hacerla estallar. Ella sonrió en mitad del clímax, una sonrisa tan bonita que Pedro no dudó en hacerla
llegar otra vez para deleitarse con ella, así que se levantó de la silla haciendo que Paula rodeara sus caderas con sus largas piernas y la condujo hacia el sofá, donde la acomodó sin salir en ningún momento del placer que representaba su cuerpo.


Paula lo despojó de su camisa, exponiendo su desnudo torso, y recorrió su cuerpo con una mirada llena de deseo. Pedro sonrió satisfecho, y encerró sus dulces manos entre las suyas para evitar que marcara una vez más su espalda, haciéndole llegar antes de tiempo.


Mientras sus ojos no perdían de vista ni por un momento la reacción de su excitada anatomía, Pedro llenaba el cuerpo de Paula con sus lentas acometidas haciéndole olvidarse de todo, tal y como prometió. Cuando el placer estuvo nuevamente cerca de arrollarla, él aumento sus acometidas y ella se perdió entre los brazos de su amante llegando a las cumbres del placer.


Pedro intentó resistir un poco más, pero su salvaje gatita mordió su hombro en mitad de su orgasmo y finalmente él se derramó en ella, abandonándose a un placer que nunca había sido tan intenso.


El apuesto veterinario se deleitó una vez más con la hermosa sonrisa de Paula, hasta que su calenturienta mente se dio cuenta de lo que había hecho...


¡Mierda! Finalmente había roto una de sus reglas, esa que era la más necesaria de todas para que la paz en el trabajo se mantuviera, esa que mantenía que un jefe nunca se acuesta con su empleada por muy buena que ésta esté. Y más aún cuando se trataba de una empleada temporal forzosa a la cual no podría despedir a la mañana siguiente si las cosas se volvían algo incómodas.


Paula pareció percibir su renuente actitud por lo sucedido, ya que la sonrisa se borró de su rostro y emitió un insolente suspiro acompañado por una leve negación que sólo podía significar lo decepcionada que se sentía por su respuesta ante tal situación.


Pedro quiso explicarse, pero ella no le dejó hablar. 


Simplemente le dio la espalda mientras recomponía su ropa. 


Él la miró sintiéndose torpe e inútil ante tan incómodo momento, abrochó sus pantalones e intentó buscar su camisa entre el desorden de la habitación.


Paula se agachó para recoger su cara blusa, que en algún momento de la noche había acabado debajo del sofá, cuando de repente sintió cómo unos fuertes brazos la acogían uniendo su desnuda espalda con el cálido pecho de un hombre que no sabía cómo pedir perdón.


—Sólo quiero hacerte olvidar... —susurró a su oído mientras sus brazos se negaban a dejarla ir.


—Sólo quiero olvidar este día... —contestó ella, acallando las excusas con un beso tras el que los dos volvieron a fundirse en una arrolladora pasión que les hizo dejar de lado todas y cada una de las diferencias que los separaban.





CAPITULO 35





Tras ver el dolor de esos ojos, me escondí en mi despacho.


Mientras miraba su rostro, tuve que retener mi imprudente cuerpo, que sólo quería abrazarla con fuerza contra mi pecho y asegurarle que nadie más la haría sufrir. Pero yo no era un hombre adecuado para ella, por lo que me quedé de pie como un idiota mirando sus lágrimas y apretando enérgicamente los puños para no ceder a la tentación.


A lo largo de las semanas no había podido dejar de pensar en ella, y tenerla todos los días frente a mí me complicaba el ignorarla. Por las noche soñaba con quitarle esa rígida apariencia de niña mimada a base de algún que otro duro revolcón entre mis sábanas, que, aunque no fueran de seda, cumplían muy bien su función.


Por las mañanas, su inquietante perfume y sus atrayentes movimientos me llenaban de frustración por querer encerrarla en mi despacho para incumplir mi norma de no acostarme con empleadas, y cuando discutía con ella era lo peor: ella era tan tan... eficiente.


Todo lo contrario a mí.


En pocos días había ordenado todos los archivos y mi ruinoso despacho, aumentado las ventas de los artículos de uso animal y conseguido que, por una vez en la vida, los números cuadrasen. Si seguía así, quizá esta vez pudiera llegar a pagar la cuota de mi hipoteca y acabar con esa orden de embargo que ya comenzaba a rondarme.


Paula era tremendamente competente, tan perfecta que, cuando discutíamos y ella comenzaba a alzarse sobre mí con sus impertinentes insultos de niña mimada, yo sólo deseaba arrancarle esa apariencia de niña rica tumbándola en el suelo y deleitándome con cada uno de los gemidos que podría hacer salir de sus labios con el leve toque de mis caricias. Me había imaginado la manera en la que ella pronunciaría mi nombre en medio de la pasión una y otra vez mientras yo me enterraba profundamente en su cuerpo.


Para mi intranquilidad, esas imágenes calenturientas no dejaban de perseguirme, y estaba tan tentado de ceder a la locura que la simple visión de esos ojos llenos de dolor me habían hecho querer consolarla de mil maneras distintas: con mis brazos, al sujetarla fuertemente contra mi pecho; con mis labios, al borrar cada una de sus lágrimas; con mi cuerpo, al hacerle recordar lo que era ser una hermosa mujer deseada; con mis caricias, al adorar todo su ser...


Quería borrar todo el dolor de sus ojos para siempre, pero alguien como yo no sabía cómo obrar tal milagro. Así que, simplemente, me senté en mi despacho huyendo de mis deseos y rogando por que éstos no me llegaran a tentar demasiado, porque entonces tal vez cometería la locura de intentar ser el hombre que ella necesitaba




viernes, 12 de enero de 2018

CAPITULO 34




Cuando creí que al fin podría pasar mis días pacíficamente en ese lugar a pesar de las impertinencias de Henry, de las obtusas bromas de Pedro, de las viejas cotillas, de las jóvenes acosadoras y de todos los molestos chismorreos que circulaban sobre mí en ese horrendo pueblo, recibí una llamada que hizo que finalmente me rindiera a la locura.


Todo empezó un pacífico lunes, cuando tuve la maravillosa idea de contestar a una llamada de teléfono a mi móvil procedente de un número desconocido, pensando que quizá fuera mi amorosa tía que había vuelto a perder su obsoleto teléfono y comprado uno nuevo que, como siempre, no sabía utilizar. Así que contesté alegremente con una sonrisa, que no tardó demasiado en borrarse de mi rostro.


—¿Diga?


—Hola, Victoria. Soy yo, Jennifer —me saludó mi examiga.


—¿Qué quieres? —pregunté con brusquedad, recordando repentinamente todo el dolor que me había provocado su traición.


—Iré directa al grano porque sé que no me concederás mucho tiempo: quiero que me perdones, Paula. Quiero que volvamos a ser amigas. Te echo mucho de menos y creo que nuestra amistad nunca debería haberse roto por un hombre.


Ante sus palabras, dudé por unos instantes, parecían tan sinceras, tan arrepentidas... que pensé en perdonarla y, como siempre tras confiar en alguien, volví a quedar como una idiota.


—Creo que tal vez tengas razón. Ya ha pasado bastante tiempo desde nuestras desavenencias y deberíamos pasar página ante aquel lamentable... incidente. Después de todo, Manuel no era para tanto.


— ¡Perfecto! ¡Entonces, ya que las cosas entre nosotras al final se han aclarado, te voy a invitar a mi boda! Me caso dentro de seis meses... con Manuel —me comunicó feliz la muy hija de... Pero me tragué la amargura y contesté con la mayor entereza que pude.


—Te deseo lo mejor. ¡Ah! Y un consejo te doy: no permitas que otra que no seas tú le enseñe una casa. Ya sabes lo que suele pasarle a Manuel con las habitaciones nuevas: no le importa demasiado con quién pueda llegar a estrenarlas —ironicé furiosa poco antes de colgar el teléfono.


Cuando alcé mi rostro, tuve la desgracia de toparme con la siempre perfecta sonrisa de Pedro, que me recordó a la de un idiota al que una vez amé. Lágrimas de frustración llenaron mis ojos sin que pudiera evitarlo. La oportuna reprimenda que Pedro iba a dedicarme por atender llamadas personales en el trabajo nunca salió de sus labios.


—No te preocupes. Ya he aprendido la lección —le aseguré, limpiando de mi rostro el dolor producido por la traición, aunque no de mi corazón.


Luego simplemente continué inmersa en mi trabajo, intentando olvidar la deslealtad, el dolor y el motivo por el que seguramente me había llamado Jennifer, además de para regocijarse en su victoria: los Chaves siempre regalábamos bonitos y caros obsequios.




CAPITULO 33





Habían pasado ya tres semanas desde el lamentable primer día de trabajo de Paula.


Después de una rápida mudanza por parte de sus molestos inquilinos a una modesta y bonita casa algo aislada, propiedad de su padre, un hombre que simplemente se rio ante la mención de los ataques que había recibido por parte de esos dos animalejos de alto pedigrí, Pedro había llegado
a una conclusión: ese saco de pulgas sin duda alguna lo odiaba, y más aún después de restringirle el acceso a su adorada dueña.


Como Paula se negaba rotundamente a dejar solo a ese desgraciado animal, él tenía que permitir que el baboso chucho se quedara en su apartamento mientras su eficiente y forzosa empleada cumplía con sus tareas en la clínica.


Ante el asombro de Pedro, Paula tuvo que introducir el número de su clínica en marcación rápida en el teléfono inalámbrico de casa y dejarlo junto al chucho para que éste se tranquilizara.


Si Pedro pensó que eso era una medida bastante estúpida, ya que ningún perro era capaz de hacer tal prodigio como efectuar una llamada telefónica, salió de su error cuando vio la interminable factura de teléfono que llegó a su nombre. Según la específica factura, ese chucho se pasaba casi todo el día colgado del teléfono como un adolescente enamorado.


Definitivamente eso era imposible. Ese molesto chucho no podía llamar a la clínica intencionadamente una y otra vez para hablar con Paula. Y si fuera el caso, ¿de qué narices
hablaban esos dos para que la factura fuera de cuatro malditas páginas? Pedro salió de su despacho hecho una furia, dispuesto a enfrentarse a la señorita Desdén y hacerle tragar a ese gordo saco de pulgas la factura si llegaba a tocarle mucho las narices.


Y fue en ese preciso instante cuando escuchó la conversación más absurda que podía imaginar, una a la que las asiduas cotillas del lugar no dejaban de prestar suma atención.


—¡Henry, te he dicho mil veces que no me llames más para expresarme tus quejas! ¡Saldré del trabajo cuando pueda y punto! —reprendió seriamente Paula a su eterno enamorado—. ¡No llores más! Te he dejado bastante comida para alimentar a dos como tú, y te recuerdo que estás a régimen, así que no intentes... —tras un instante de silencio, Paula exclamó—: ¡Henry! ¡Estoy oyendo cómo abres los muebles de la cocina! ¡Deja eso inmediatamente! ¡Y no pongas la tele para disimular que estás en el sofá, sé reconocer a la perfección tus gruñidos de niño mimado! ¡Henry! ¡Henry! ¿Me estás escuchando?


Pedro negó con la cabeza ante tan absurdo comportamiento como era el hablarle a un perro, y más todavía a través del teléfono. Luego, enfadado, volvió a mirar la factura y tomó una decisión. Le arrebató el teléfono a Paula y gritó como un poseso.


—¡Escúchame bien, estúpido baboso! ¡Como vuelvas a molestar a mi empleada no dudaré a la hora de utilizar mi escalpelo, así que deja de llamar de una maldita vez! —amenazó furiosamente el ejemplar veterinario ante el asombro de todas las cotillas, que comenzaron a murmurar.


—¡Y tú! —Señaló bastante molesto el airado veterinario, poniendo frente a los ojos de Paula la exorbitante factura—. Siento interrumpir la romántica conversación que mantenías con tu amorcito. Estaba dispuesto a esperar hasta la empalagosa parte de «Cuelga tú; no, mejor tú...», pero esto me hizo desistir de esperar por más tiempo —ironizó Pedro antes de dejar con brusquedad la factura sobre el mostrador—. Haz el favor de atar en corto a ese indeseable cuando vengas a trabajar y, te lo advierto, ¡desde hoy las llamadas privadas están totalmente prohibidas! — terminó, solventando el problema de una vez por todas.


O eso era lo que pensaba Pedro hasta que recibió una nueva factura donde esta vez se reflejaba que el perro había logrado hacer llamadas al extranjero... y los chismes sobre su amor no correspondido hacia Paula comenzaron a rondar por todo el pueblo.