lunes, 15 de enero de 2018

CAPITULO 41





Para poder sobrellevar el día a día en ese pueblo, Paula aprendió a tener paciencia, mucha paciencia. Especialmente cuando los pueblerinos del lugar la tomaban por idiota, como trataban de hacer en esos momentos.


En ese día había visto al mismo pobre animal por lo menos seis veces. A lo largo de la semana, ese hermoso labrador había pasado por decenas de cambios de imagen nada favorecedores para su bien y, al contrario que el endiablado saco de pulgas que siempre la esperaba en casa para perseguirla continuamente ladrándole cada una de sus exigencias, Smokie era un santo.


—¡Hola, Smokie! —saludó cariñosamente Paula a ese tranquilo can con una jovial caricia mientras el joven que lo acompañaba intentaba convencerla de que ese perro con rastas no era el viejo labrador que siempre la saludaba un tanto resignado.


—No es Smokie, es... ¡es Charlie, mi nueva mascota! Lo he adoptado y he venido para que Pedro le haga una revisión...


—Sí, claro —contestó impertinentemente Paula mientras observaba cómo el joven no apartaba sus ojos de Nina y comenzaba a balbucear algo sobre cuánto adoraba a su mascota —. Pobrecito Smokie... ¿Cuántas veces te habrá visitado ya Pedro hoy? No deberías dejarte hacer estas cosas... —consoló la atenta mujer al pobre animal, compadeciéndose de su suerte.


—¡Señorita, le digo que es Charlie, no Smokie! Se parecen porque son primos, ¡pero nada más! —gritó el muchacho haciéndose el valiente delante de Nina para ganar más puntos.


Nina sonrió a Paula con su característica dulzura un tanto pícara que decía «¿Ves como son idiotas?», luego le dedicó a ese tonto un aleteo de sus pestañas y siguió con su manicura.


Cuando Pedro salió de la consulta tras oír al escandaloso cliente, separó con firmeza a Paula de ese energúmeno y se dispuso a reprender... ¡a Paula! Pedro estaba más que dispuesto a descargar todo su mal humor sobre ella, y la intervención de ese imberbe adolescente era la excusa perfecta.


—¿Qué ocurre aquí? —preguntó, fulminándola con la mirada.


Pedro —intervino el chaval—, ¡esta mujer insiste en que este perro es Smokie a pesar de que ya le he dicho varias veces que es Charlie! ¡Y se niega a hacerme una ficha nueva! Haz algo con tus empleadas o tendré que irme a otro lugar...


—¿Es que las niñas mimadas como tú no saben hacer bien otra cosa que no sea usar alegremente su dinero? —vociferó Pedro, dejando salir toda su furia por un motivo diferente al que allí los atañía.


Paula observó asombrada el extraño comportamiento de Pedro, que desde hacía semanas era ejemplar, y que de un instante a otro había vuelto a ser el energúmeno que conoció en un principio.


Desde que ella trabajaba allí, ese centro ya no era un desastre, algo que todos sabían, por lo que Pedro no debería tener queja alguna sobre ella o su labor. Sin duda alguna, y por un motivo que Paula no llegaba a captar, la tregua que habían establecido se había roto. Pero si él quería volver a enfrentarse con ella y con el mal carácter de los Chaves, Paula no era quién para negarle ese placer.


—Por unos segundos olvidé cómo hacer la ficha, pero no te preocupes, ya lo he recordado — ironizó Paula, mientras recitaba en voz alta—: Raza, labrador negro; edad, diez años; peso, treinta kilos; nombre, Smokie con rastas; síntomas de su enfermedad, su dueño está en proceso de celo por nuestra atractiva recepcionista Nina... — finalizó Paula cerrando el archivo ante la atónita mirada del joven, cuya cara se había tornado de un intenso color rojo.


Nina simplemente sonrió al joven para aminorar su vergüenza, y las chismosas del lugar pegaron bien sus orejas cuando vieron cómo el siempre amable veterinario le gritaba, enormemente alterado, a Paula.


—¡A mi despacho! ¡Ahora!


Paula alzó su elegante rostro de presuntuosa princesa y caminó con suma elegancia hacia el lugar señalado, a la espera de saber el motivo por el que ese energúmeno había vuelto a convertirse en un inepto, cuando la noche anterior había sido un hombre de ensueño.


Sin duda, algo había ocurrido en las últimas horas que lo había molestado, pero ¿qué?


Ésa era una cuestión que no tardaría en averiguar, porque si algo sabían hacer los Chaves era apretar las tuercas hasta que el individuo interpelado cantaba como un pajarito. Por algo se habían hecho famosos esos prestigiosos abogados cuyos apellidos y sangre corrían por sus venas.


Paula se sentó frente a Pedro con la soltura y elegancia que había aprendido de tía Mirta.


Luego esperó a que éste tomara asiento tras su escritorio y, creyéndose en una postura superior, comenzó su discurso.


—¡Eres la peor asistente que he tenido en la vida! ¡No sé cómo la gente se atreve a volver por aquí! ¡Que sea la primera y la última vez que tratas a alguno de mis clientes como has hecho hoy! Será mejor que te comportes, si no quieres que hable con ese viejo juez sobre lo poco en serio que te tomas su condena...


—¿Ya has terminado? —preguntó Paula pasivamente, alzándose de su sitio sin que las palabras de Pedro hicieran mella en ella.


—¡No! Eres irritantemente presumida, te crees superior a todos, pero indudablemente tienes tantos defectos o más que la mayoría. Y cometes los mismos errores, o incluso más... —manifestó Pedro, ahondando en su dolor al recordarle su debilidad ante él y ante otro cabrón de fácil sonrisa.


—Suficiente —cortó Paula, hastiada de que se excusara en ella para dejar salir su enfado—. Soy la mejor asistente que has tenido jamás, sobre todo porque contratas a la gente pensando con una parte de tu anatomía que no es precisamente el cerebro. Por una vez en años, este despacho no es un basurero, esta clínica está presentable y tus archivos están ordenados. Si quieres gritarme por algo en concreto, prueba a decirme la verdadera razón de tu enfado y no un montón de patrañas para desahogar tu mal genio. Porque, si finalmente lo que quieres es terminar con esta estúpida tregua, ¡ten por seguro que no me quedaré sentada mientras me pisoteas! Si quieres guerra, guerra tendrás...


—¿La verdadera razón...? La verdadera razón... ¡es que desde que te conocí no he tenido un solo día de paz! ¡Eres tan desquiciante que no puedo contigo: lo ordenas todo a tu gusto, cambias la vida de las personas en un santiamén sin pararte a pensar en ello! No sé cómo alguien podría querer pasar el tiempo contigo, a no ser que fuera por tu dinero.


Ante esas palabras, se hizo un repentino silencio entre los dos.


—Yo... lo siento, creo que me he pasado... — se excusó Pedro, pasando una de sus manos por sus revueltos cabellos, un tanto frustrado.


Sin saber qué hacer, Pedro intentó reparar el tremendo error de sus palabras, pero ya era demasiado tarde. Una vez más, su lengua había sido más rápida que su cerebro y había dicho las cosas sin pensar, borrando la sonrisa de ese rostro que hacía poco había comenzado a recordar lo que era reír.


—Eso ya lo sé, Pedro Alfonso. Créeme: no eres el primero que me lo dice —lo enfrentó Paula con su característica mirada altiva, que esta vez estaba marcada por el dolor de esas palabras, aunque ella se negara a dejarlo asomar en su rostro. Pero los fuertes y airados puños que apretaba a los lados de su cuerpo y la tristeza de sus hermosos ojos castaños la delataban. Ésa era una herida que aún permanecía abierta en su corazón y que Pedro había ahondado con la crueldad de sus palabras.


—Lo siento, lo siento, yo... —suplicó Pedrointentando acercarse a ella para que en el calor de sus brazos se recuperara de su dolor. Pero sus brazos fueron rechazados con contundencia, tal vez porque fueron los culpables de esa herida, y entre ellos se instaló el silencio y una fría distancia que los volvía a separar.


—Creo que es hora de volver a mi trabajo. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda. En cuanto a mis errores, tú eres uno que no volveré a cometer —finalizó fríamente Paula, volviendo a su lugar para convertirse nuevamente en una eficiente empleada con una gélida sonrisa en los labios.



domingo, 14 de enero de 2018

CAPITULO 40




¡Al fin tenía un momento de descanso!


Dada la amplia lista de animales que fueron a visitarlo una y otra vez durante esa semana, tal vez los números esta vez cuadrasen y pudiera ponerse al día con alguna de sus facturas, así que Pedro se infundió valor antes de levantar el teléfono y llamar al banco dispuesto a suplicar una vez más unos días para aplazar el pago de sus atrasos.


En cuanto comenzó a hablar con el director de la entidad sobre la hipoteca, éste le informó, muy alegre, de que ésta había sido liquidada en su totalidad y de que su clínica, El Pequeño Pajarito, estaba libre de cualquier carga o deuda.


Pedro no tuvo ninguna duda sobre quién había sido la persona responsable de ese milagro, la única mujer que podía solucionarlo todo con un simple gesto de su billetera. 


Colgó el teléfono, bastante molesto con la idea de que alguien hubiera solucionado todos sus problemas en un solo día y de un modo tan simple, poco antes de que comenzaran a hablarle sobre los beneficios de una nueva tarjeta de crédito.


¿Quién narices se creía que era esa ricachona para refregarle su dinero por la cara? Si él no había pedido ayuda a sus más allegados para poner fin al lío de sus finanzas, ¿quién era ella para hacerlo sin su consentimiento? Que Paula pudiera gastarse mucho dinero despreocupadamente no significaba que él lo aceptara. ¡Ni él ni su clínica eran una maldita obra de caridad, y el que se hubieran acostado no le daba derecho alguno a entrometerse en su vida!


En cuanto pudiera, pensaba dejarle muy claro a esa mujer cuál era su posición, ¡y como que se llamaba Pedro Alfonso que le devolvería hasta el último centavo a esa remilgada princesita que únicamente sabía hacer ostentación de su alta posición y su cuantiosa cuenta corriente!


De hecho, ¿para qué esperar ni un segundo más por una tregua que sin duda alguna ella había roto al tratarlo atrevidamente como un caso de beneficencia? ¡Pedro Alfonso! nunca se dejaría manejar por ninguna mujer, por mucho dinero que ésta tuviera, ya que él no estaba en venta!






CAPITULO 39





Paula observaba con atención a la nueva clienta que se aferraba a Pedro como una persistente garrapata. Se sintió tentada de rociarla con un espray matabichos, a ver si así conseguía despegarla, pero se lo pensó dos veces ante la idea de dañar al bello gato gris de hermoso pelaje que la acompañaba y que, sin duda y debido a la molesta mirada que le dirigía a su dueña, ya estaba más que harta de su insistente comportamiento.


—Fifí últimamente está muy inquieta. ¡Creo que puede tener algo grave, pues estornuda y tose a cada momento, tiene mocos y le cuesta respirar! Además, le lagrimean los ojos y no para de rascarse con mis muebles de una forma bastante molesta. ¿Crees que estará en celo? —cuestionó la afligida joven mientras no dejaba de refregar su delantera contra el fuerte brazo de Pedro, a quien tenía muy bien agarrado.


Paula y Nina se miraron preguntándose mutuamente y en silencio quién estaría en celo, si la dueña de ese hermoso animal que no cesaba de contonearse contra el cotizado soltero del lugar o la gata, que parecía dormitar en su sobrecargado transportín. Sin duda alguna, ambas llegaron a la misma conclusión: la dueña.


—No te preocupes, Tatiana. Lo más probable es que sea una simple alergia —comentó alegremente el amable veterinario conduciendo a su paciente hacia la consulta.


—¿Tú crees? ¿Y si es algo más grave? Como ves, Fifí está muy inquieta.


La gata miró a su dueña con gran pasividad desde su transportín, y le dirigió una cortante mirada que no podía ser interpretada de otra forma que no fuera «Te lo estás inventado todo», y luego, simplemente, estornudó de la manera más falsa posible, exigiendo poco después con sus maullidos la recompensa a la que sin duda estaba acostumbrada.


—No te preocupes, le haré una revisión con todo lujo de detalles para asegurarme de que no es nada grave.


—Creo que tal vez deberías venir a mi casa este fin de semana para asegurarte de su estado. Ya sabes que no tienes que temer nada de mí, PedroDespués de todo, soy virgen y apenas sé tratar con los hombres, y mucho menos tentarlos —confesó dulce y desvergonzadamente la mujer mientras aparentaba una inocencia que sin duda no tenía, ya que, con el poco tiempo que Paula llevaba allí, ya había escuchado el despreocupado cotilleo de algún que otro hombre que aseguraba haber sido «el primero» en estar con esa tentadora mujer.


Paula no pudo resistir la ironía del momento y de sus labios escapó una insolente frase.


—Pero bueno, ¿cuántas vidas tiene ese gato?


—¡Miau! —contestó Nina, haciéndose eco de su impertinente broma.


Con ello, las dos se ganaron una mirada bastante furiosa de la ofendida joven y una regañina de su jefe, quien las mandó a ordenar los archivos. Pero, dado que los archivos estaban bastante ordenados, Nina y Paula simplemente se tomaron un café a la espera de observar con atención la actuación de la siguiente paciente ante el apuesto y soltero veterinario.





CAPITULO 38






Pedro apareció en su clínica una hora tarde, aunque su eficiente empleada había logrado entretener a los asiduos visitantes con una grata sonrisa. Esa mujer parecía saber cómo manejar a las ancianas chismosas sin ningún problema, así como a los solteros del lugar, que habían empezado a acudir a la clínica tanto por la bella Nina como por la arisca Paula, quien, a pesar de que en ocasiones los tratara con altivez, siempre parecía tener una sonrisa para ellos. Algo que muy pronto tendría que cortar por lo sano si no quería que Pedro comenzara a castrar a todo bicho viviente que se aproximara a ella.


Y es que, desde hacía un par de semanas, Pedro no aguantaba las miraditas que le dedicaban algunos de esos libidinosos solteros de Whiterlande a Paula, pero desde la pasada noche las cosas habían empeorado, ya que cualquier hombre que se acercara demasiado a ella era una potencial víctima para ser golpeada una y otra vez, desahogando así su frustración al haberse levantado solo y sin saber hacia dónde los llevaría esa imprudente noche que nunca podría borrar de su mente.


¿Serían celos la rabia que sentía cada vez que observaba a otro hombre arrimarse mínimamente a ella? No, eso no era posible: Pedro no era un tipo celoso. Por si acaso, preguntaría a su cuñado, Alan. Tal vez él tuviera una solución para los posesivos pensamientos que lo abordaban cada vez que la tenía cerca.


Esa mujer no era como las demás.


De sus labios no había salido ni una palabra sobre lo ocurrido. Por lo visto, para ella él había sido una simple aventura de una noche. Esa idea no le agradaba demasiado, pero Pedro guardó silencio dispuesto a que la tregua que se había instalado entre ellos permaneciera un poco más.


Finalmente, tras despejar su mente con un fuerte café hecho, cómo no, por la eficiente Paula, dio comienzo a la inmensa lista de pacientes que últimamente se había incrementado y que, en su mayoría, eran todas mujeres solteras un tanto paranoicas que creían que sus mascotas tenían las enfermedades más inusuales.


Ante la atenta mirada de Paula, Tatiana, una exuberante rubia de gran delantera, se agarró con desesperación a su brazo mientras le contaba con todo lujo de detalles los síntomas de su gata de angora, que lo miraba con bastante recelo desde su transportín.




sábado, 13 de enero de 2018

CAPITULO 37







A la mañana siguiente dejé a Pedro durmiendo en el estrecho sofá mientras subía al apartamento, donde Henry me miró con ojos acusadores que no paraban de seguirme impertinentemente por toda la minúscula vivienda de ese embaucador.


El lugar era ahora un desastre de babas, pelos y desorden, todo aportación del furioso Henry, que me ladró una y otra vez su amargo descontento a la vez que parecía decirme con su mirada: «Sé lo que has hecho».


Yo me limité a rellenar su plato con comida para hacerlo callar y arreglé un poco el desastre causado por ese chucho rencoroso, que no me permitiría olvidar con facilidad lo ocurrido. Luego adecenté mi elegante traje lo mejor que pude, ya que no me daba tiempo a volver a casa antes de que mi jornada comenzase; saqué a pasear a Henry antes de que su vejiga explotase y volví para abrir nuevamente esa clínica, cuyo dueño tantos quebraderos de cabeza me traía.


Mientras paseaba con mi enfurruñado compañero, pensé en la noche pasada, en que realmente ese hombre había conseguido hacerme olvidar mi dolor con sus caricias, con su forma de hacer el amor y con sus bromas, que lograron que me riera en los momentos más incómodos cuando nos envolvía el silencio de una situación embarazosa en la que los dos habíamos pecado de ingenuos al intentar negar nuestro deseo.


Pensé de qué manera podría yo ayudar a ese hombre que tanto me desesperaba y atraía a la vez, y el recuerdo de unas facturas sin pagar acudió a mi mente. Yo sólo quería agradecerle el haberme hecho olvidar. Sabía que esa noche sería única y que no se volvería a repetir, ya que había aprendido de la peor manera posible a no ilusionarme con los hombres, y menos con uno tan parecido a aquel que me traicionó. Pero si algo bueno tenía Pedro era que, a pesar de sus falsas sonrisas, podía llegar a ser enormemente sincero.


Y su mirada de arrepentimiento me dijo lo que ya esperaba escuchar de sus labios, aunque no me quedé para oír esas palabras salir de su boca: que para él esa noche sólo había sido un error... mientras que para mí sería algo que recordaría siempre, ya que por primera vez en años me había sentido verdaderamente amada por alguien.


Miré el talonario de cheques de mi tía de forma un tanto reflexiva y observé con atención la parte que aún seguía en blanco, pero con la firma de tía Mirta estampada y el absurdo concepto de «gastos para Henry».


Tras pensar en ello sólo unos momentos, me dirigí al banco que tantas preocupaciones le traía a Pedro y acabé con sus dificultades con el firme movimiento de mi pluma. En un solo instante solucioné todos sus problemas. Yo no esperaba nada a cambio de mi ayuda, pero sin duda mi gesto sería visto con buenos ojos y nuestra tregua permanecería, aunque nunca más volvería a repetirse el calor de esa noche que perduraría para siempre en mis más profundos recuerdos.