lunes, 12 de febrero de 2018

CAPITULO 90




Me adentré en la casa sin tener la seguridad de que fuese una buena idea el dejar a solas a esos dos sobreprotectores personajes discutiendo sobre lo que era mejor para mí, cuando ni siquiera yo lo sabía. Me había enamorado con locura de un hombre algo atolondrado que, aunque en algunos aspectos era parecido a la persona que tanto daño me había hecho, en otros siempre sería distinto, porque nadie se podía comparar a Pedro Alfonso.


Pedro era un embaucador nato que sabía tratar con todo tipo de personas quedando siempre bien bajo el perfil de una falsa sonrisa, pero también era un loco desordenado y desastroso que a veces no sabía dónde tenía la cabeza y, en la mayoría de ocasiones, su bocaza hablaba sin detenerse a considerar las consecuencias.


A pesar de todos sus defectos, lo que más me gustaba de él era la sinceridad con la que hablaba, la sonrisa que siempre intentaba hacer emerger de mi rostro cuando algo me preocupaba, y, pese a que sus palabras muchas veces carecieran de tacto alguno, siempre sabía qué decir en el instante en el que más lo necesitaba.


La noche anterior, sin ir más lejos... Me había hecho enfrentarme a mis miedos y hacer que me percatase de que era una idiota y que simplemente me había escondido en el pasado para no seguir adelante con mi vida. Tras escuchar sus palabras, confesándome nuevamente que me amaba, no pude resistirme más a él y le demostré cuánto lo amaba yo, con cada milímetro de mi cuerpo.


Ahora sólo me faltaba decírselo con esas palabras de las que tanto había recelado yo en los últimos años, pero que de nuevo pugnaban por querer salir de mis labios para gritar al mundo entero que me había vuelto a enamorar, y que esta vez el hombre al que había decidido entregar mi corazón, sin duda, lo merecía.


Caminé decidida hacia donde mi tía me había indicado que se hallaba Lorena. Desde la puerta trasera de la casa la vi meciéndose desconsoladamente en el viejo columpio de ese hogar. Algo alejado, Víctor observaba la melancolía de esa delicada mujer, pero no se acercaba a ella porque, sin duda, sus dos metros de altura, su ruda apariencia y la fea cicatriz que mostraba su rostro la asustarían más aún de lo que ya estaba. Víctor alzó su mano, como queriendo tocar a Lorena desde la lejanía. Luego simplemente cerró su puño como si no mereciera hacerlo y lo bajó airadamente, decidido a olvidarse de esa irracional idea.


Cuando pasé junto a ese hombre al que conocía desde hacía muchos años y al que siempre había admirado, él se alejó algo avergonzado por haber sido descubierto y, como siempre hacía, habló con las sabias palabras de un anciano a pesar de tener sólo unos seis años más que yo.


—El intruso era su marido. Lo derribé, pero logró escapar. Ahora mismo está atemorizada, tanto por lo que su marido le pueda llegar a hacer en un futuro como por lo violento que me mostré delante de ella.


—¿Te tiene miedo? —pregunté, extrañada de que Lorena temiera las acciones del hombre que la había salvado.


—¿Quién no me teme, Paula? —replicó Víctor con una irónica sonrisa mostrándome su cicatriz.


—Yo —contesté decidida, sin vacilar en ningún momento.


—Creo que los Chaves sois la excepción. Por eso me gustáis tanto —contestó Víctor, revelándome una falsa sonrisa que intentaba ocultar sus verdaderas preocupaciones mientras se dirigía al interior de la casa, desde donde, para nuestra tranquilidad, o tal vez la suya, no dejaría de vigilarnos.


Me senté en el otro columpio y me balanceé descuidadamente sin saber qué decirle a Lorena
para infundirle valor. Podría intentar convencerla de que todo saldría bien, pero eso no era cierto.


En un caso en el que teníamos tantas cosas en contra, seguro que aparecería algún que otro problema que nos volvería locos. Podría asegurarle que con nosotros estaría siempre a salvo, pero la verdad era que la noche anterior no pudimos impedir que ese intruso invadiera nuestro hogar. Nada de lo que yo le dijera le extirparía su miedo constante, así que simplemente le dije la verdad.


Por primera vez en muchos años, hablé de un período de mi vida que siempre había querido olvidar, pero cuyas pesadillas aún me perseguían.


Miré a la distancia recordando el dolor del pasado y hablé libremente de todo ello, diciéndole adiós a una parte de mi maltrecha alma.


—Sé lo que es tener miedo constante a hacer algo mal, sé lo que es dudar de ti misma porque nunca hagas nada bien y sé lo que es temer estar lejos de la persona que alza la mano contra ti por si la siguiente vez lo hace con más fuerza que la anterior.
»Antes de ser un miembro de la familia Chaves, antes de tener el poder para evitar que nadie pudiera dañarme, mis familiares se divertían mucho asegurándome lo poco que valía, tanto con sus palabras como con sus golpes. Solamente te puedo decir una cosa: al lado de los Chaves tendrás más posibilidades de salir del infierno que estando tú sola. Y, si decides volver con él, la próxima vez que levante su mano puede ser la última para ti. —Tras estas palabras, levanté mis ojos hacia su triste mirada y ella se abrazó mientras me confesaba:
—Tengo miedo.


—Yo también lo tuve —contesté. Y mientras permitía que ella me abrazara desahogando sus lágrimas, yo también dejé salir algunas al recordar mi pasado.


Cuando volví mi rostro hacia la casa, vi a Pedro de pie junto a la puerta. Supe que había escuchado cada una de mis palabras en el momento en el que su mirada me observó con anhelo y sus brazos se cruzaron sobre su pecho, un gesto que hacía cuando quería abrazarme con fuerza para protegerme entre sus brazos y yo no se lo permitía.


Mis ojos lo miraron, ansiando su cariño, y en un susurro le rogué:
—Más tarde.


Él, como siempre hacía, comprendió lo que necesitaba en esos momentos y me dejó a solas consolando el dolor de esa chica que tanto me recordaba al que una vez fue el mío.



domingo, 11 de febrero de 2018

CAPITULO 89





A la mañana siguiente, Pedro acompañó a Paula hasta su casa, donde nuevamente un millón de cosas los alejarían. 


Pero, a pesar de ello, él notaba que el distante y reticente corazón de Paula poco a poco se acercaba a él y a la verdad de sus sentimientos.


Frente a la puerta, la inquebrantable Mirta Chaves los observaba con reproche, intuyendo sin duda alguna lo que habían estado haciendo la noche anterior, ya que, en la alocada pasión que sus cuerpos habían compartido, Pedro había dejado alguna reveladora marca amorosa en el cuello de su amante, mientras que Paula había vuelto a arañar con sus afiladas uñas su dura espalda, heridas de guerra que Pedro miraba con orgullo y una sonrisa, sabiendo por ellas que sin duda había complacido una vez más a esa dulce gatita.


Paula bajó la cara, un tanto avergonzada ante la reprobadora mirada de esa anciana, mientras que Pedro simplemente la alzó tremendamente orgulloso, porque los instantes que pasaba junto a aquella muchacha eran algo que no estaba dispuesto a olvidar y, menos aún, a avergonzarse de ellos.


—Señor Alfonso, usted y yo tenemos un tema pendiente —declaró la anciana mientras lo fulminaba con una de esas agrias miradas que tanto le recordaban a su querida Paula.


—Con mucho gusto —contestó Pedro con desparpajo, utilizando una de sus más encantadoras sonrisas, que parecía no tener efecto alguno en esa experimentada mujer.


—Paula, tú deberías ir a hablar con tu cliente. Ayer tuvimos un intruso al que no pudimos identificar y Lorena está bastante inquieta por la posibilidad de que fuese su marido —dijo secamente tía Mirta, negándose a que ella fuera parte de esa conversación y recordándole ásperamente cuál era su deber.


Ante la indecisión de Paula por la idea de dejarlo solo enfrentándose a la temible Mirta ChavesPedro apretó su mano dándole la seguridad que tanto necesitaba en esos momentos, y ella, después de apreciar la determinación de esos hermosos ojos azules, no tuvo duda de que él no tendría problema alguno en hacer frente a esa sobreprotectora anciana que en ocasiones la guardaba con demasiado celo para su gusto, pero de la que nunca se podría llegar a decir que no la quería de todo corazón.


Cuando las puertas de un regio estudio se cerraron, Mirta se dirigió hacia el aparador de madera que se hallaba tras el escritorio y sirvió dos copas de whisky, ofreciéndole una a su rival.


Ante la atónita mirada de Pedro, Mirta se acabó la suya de un solo trago y golpeó con fuerza el vacío vaso sobre el escritorio de madera noble.


—¿Cuál es su precio? —preguntó de forma impertinente la anciana, sacando su talonario de cheques del bolso.


—Si pregunta por el precio de mis consultas, no creo que necesite eso —señaló Pedro burlonamente desde el desventajoso lugar donde Mirta lo había invitado a sentarse.


—¡No se haga el tonto! Usted y yo sabemos muy bien de lo que estamos hablando. ¡No permitiré que Paula acabe en manos de otro embaucador! —declaró firmemente decidida la anciana, mirándolo desde detrás de su escritorio, donde permanecía de pie para poder enfrentarse a ese hombre marcando el lugar superior al que sin duda ella pertenecía.


—Como ya le dije en una ocasión, Paula no tiene precio alguno para mí y...


—Sí, sí... ya... Eso es lo que dicen los hombres antes de poner una cifra —lo interrumpió impertinentemente Mirta Chaves, exigiendo un número.


—Se lo repetiré una vez más, a ver si le entra en esa dura cabeza: yo quiero a su sobrina, y ni por todo el oro del mundo dejaré que me aleje de mi mujer.


—No le creo... ¿Cómo puedo creer a un hombre que acepta tan despreocupadamente el dinero de una chica para resolver sus problemas financieros muy poco tiempo después de haberla conocido?


—Yo no sabía que Paula había pagado esa deuda... Si me lo hubiera propuesto, lo habría rechazado de lleno. Pero, como usted sabe, su sobrina hace las cosas como le da la gana y luego uno va y se entera de ello —comentó Pedro distraídamente mientras pasaba su mano por su cabello, frustrado por la cuestión central de esa estúpida conversación—. Llame al banco si cree que estoy mintiendo, y de paso pregunte por la cuenta que he abierto a nombre de Paula, donde todos los meses deposito una cuantiosa cantidad para intentar pagarle mi deuda. Yo no soy como usted, no me sobra el dinero para poder demostrar con un solo cheque lo mucho que me importa esa mujer. 


—Dice que está enamorado de mi sobrina y que no va detrás de su dinero, supongamos que le creo... ¿Qué intenciones tiene hacia ella?


—¡Joder! ¡Pues la de todo hombre en mis circunstancias: casarme, tener hijos y todo lo demás! Quiero tener un futuro con ella, y hacerla feliz. 


—¿Firmaría un acuerdo prematrimonial de separación de bienes?


—Cuando quiera y donde quiera... ¿Sabe? Ésta es la conversación más estúpida que he mantenido en la vida —indicó Pedro, burlándose de la ironía del momento—. Nunca creí que quisiera formar una familia con alguien y, sobre todo, en caso de que así ocurriese, jamás pensé que, cuando me reuniera con los parientes de mi mujer para hablar de ello, éstos estarían más interesados en el dinero que en la felicidad de su familiar.


Tía Mirta midió con una sombría mirada sus reprobadoras palabras y, a continuación, le hizo enfrentarse de lleno a lo que Pedro más temía: la posibilidad de que él no fuera lo suficientemente bueno para la felicidad de Paula.


—Cuando mi sobrina le diga que está enamorada de usted y usted acepte ese regalo, yo no podré hacer nada para hacerla entrar en razón. Pero recuerde que, cada día que usted la mantenga encerrada en esta feliz e idílica vida dentro de este pueblucho, Paula se preguntará si podría haber hecho más en su carrera, si había algo más además de esto. Si verdaderamente la quiere tanto como dice, déjela marchar.


—¡Yo la quiero! —confesó Pedro, mostrando en su sincera mirada cuánto le habían hecho dudar las palabras de tía Mirta sobre qué era lo mejor para su amada Paula.


—Y ella a usted, pero no quiero que mi sobrina se levante un día arrepintiéndose de lo que pudo llegar a ser. Ella apenas ha comenzado su carrera profesional, y puede llegar a ser una fantástica abogada. Ahora se le presenta la oportunidad y lo conoce a usted, y tengo la corazonada de que lo elegirá a usted. Eso no me agrada.


—¡Maldita sea! ¿Qué tengo que hacer para que se dé cuenta de que amo a Paula, para que entienda que mis sentimientos no son un capricho o un vano deseo de su dinero? —rogó Pedronegándose a desprenderse de lo que más quería en este mundo.


—Cuando mi sobrina decida quedarse con usted en este pueblo confesándole su amor, no se lo permita. Déjela que extienda sus alas hasta donde quiera llegar y, si vuelve a usted, no me opondré, porque sabré que realmente usted la ama tanto como ella merece.


—Hace apenas unas semanas usted me ofreció dinero por casarme con ella, ahora que justamente es eso lo que quiero hacer, me exige que la deje marchar... —comentó un desesperado Pedrointentando comprender el razonamiento de esa anciana.


—Creí que lo mejor para ella era olvidarse de su pasado. Ahora que lo ha hecho, creo que tiene que poder decidir qué quiere en su futuro.


—Entonces... sólo he sido una buena cura para un corazón roto, ¿verdad? —preguntó Pedrobebiendo finalmente esa copa que, en esos instantes, se le hacía demasiado necesaria como para ignorarla.


—Creo que puede llegar a ser el hombre perfecto para Paula.


—Entonces, ¿por qué le tengo que demostrar nada y separarme de ella? —gritó Pedro, furioso con las terribles palabras de esa anciana que le demandaban el gran sacrificio de alejarse de la mujer que amaba.


—A mí no tiene que demostrarme nada, y creo que Paula está tan embobada con usted que lo encuentra perfecto. Pero pienso que, con ello, se demostraría a sí mismo si es el hombre que mi sobrina merece. —Tras esas crudas palabras,


Mirta Chaves abandonó el despacho.


Las puertas de la estancia se cerraron, y tras ellas quedó un hombre confuso con lo que su corazón le exigía y su mente le reclamaba. Porque, aunque las palabras de esa anciana podían ser fácilmente ignoradas, él nunca podría negar que, en lo referente a Paula, sin duda eran de lo más acertadas.


Y ahora tenía que elegir entre su propia felicidad o la de ella... Una cuestión bien sencilla de resolver para un hombre enamorado.




CAPITULO 88






Cuando me desperté, me hallaba entre unos brazos fuertes y confortables que ya conocía, acurrucada junto a un hombre cuyas palabras siempre me llegaban al alma. Lo abracé enérgicamente con la esperanza de no haberlo perdido y el miedo a que hiciera preguntas sobre mi vida, preguntas ante las que no quería enfrentarme todavía, aunque ya era hora de afrontarlas.


En mitad de mi efusivo abrazo, él me envolvió con cariño, demostrándome que ya había despertado y, cuando alzó mi rostro y nuestros ojos se encontraron, supe que era hora de responder a alguna de las cuestiones que seguramente rondaban por su mente después de haber hablado con Manuel.


—¿Qué quieres saber sobre mí? —pregunté, indecisa, sin saber por dónde empezar a hablarle.


—Quiero que me cuentes sólo lo que tú quieras contarme —anunció pacientemente Pedroacomodándome en su regazo.


Yo me negué a mirarlo, por miedo a ser juzgada, y jugué nerviosamente con mis manos mientras comenzaba con mi historia, sin saber cómo me sentaría hablar nuevamente de ello después de tantos años.


—Conocí a Manuel en el bufete de mi tía. Yo era una simple becaria, y él, una nueva y flamante incorporación. Manuel fue el primero que me dirigió amables palabras en mi lugar de trabajo, pues yo apenas hablaba con nadie y siempre estaba sola.


—¿Por qué? —interrumpió Pedro confuso—. ¿Acaso no estaban contentos de tener a alguien tan eficiente como tú a su lado?


—Soy una Chaves, y no todos se sienten cómodos con ese apellido. Al principio algunos me hacían la pelota exageradamente, y por ello esperaban ascensos o regalos que yo no podía darles. Cuando se dieron cuenta de ello, se ofendieron ante el desperdicio de tiempo que significaba cultivar mi amistad. Otros decían que no me merecía mi puesto, a pesar de que yo era una de las que más se esforzaba y más horas extras trabajaba, y los que no estaban contentos con su posición simplemente buscaban cómo hacerme la vida imposible con montañas de trabajo... Casi abandoné en las primeras semanas allí, pero entonces mi tía me llevó a un lado y me recordó algo. —Rememoré, sonriente, la cara de mi tía en aquella ocasión mientras me aleccionaba sobre cómo era la vida en realidad.


—¿Qué es lo que te dijo tu tía? —preguntó Pedro, muy interesado.


—Que yo era una Chaves y, como los Chaves siempre triunfábamos ante la adversidad, debía tener presente en todo momento la fuerza de mi apellido. Y así lo hice: les recordé a todos quién era yo, ganándome con ello más miradas desagradables, pero la verdad es que me quedé muy a gusto mientras lo hacía. —Sonreí ante el recuerdo de las asombradas miradas que me dirigió más de uno de los altos cargos al hacerles saber cuál era su lugar.


—¿Cómo comenzaste a salir con ese idiota? — se interesó Pedro, dándome un abrazo de consuelo que me concedió fuerzas para seguir con mi historia.


—Como Manuel fue el único que me dedicaba palabras cariñosas, caí en un estúpido enamoramiento adolescente. Lo seguía a todos lados, lo ayudaba con sus casos y, finalmente, cuando me pidió salir, fue como un sueño para mí, un sueño que me cegó y no me permitió ver todo lo que ocurría a mi alrededor. Y por mucho que mi tía intentara hacerme abrir los ojos a la realidad, yo siempre los cerraba.


—¿Le hiciste caros regalos como a mí? — preguntó Pedro, interesado en saber cómo había sido su relación.


—No... bueno sí... Pero contigo es totalmente distinto: tú eres muy distinto... —intenté explicarme, un tanto desesperada, con el miedo a perderlo bien patente en mí.


—En una ocasión me dijiste que le habías comprado una mansión, ¿por qué? —inquirió el siempre sonriente Pedro, con un rostro impasible en el que yo no podía descifrar ninguno de sus sentimientos.


—Yo empecé a regalarle cosas que le gustaban y que no se podía permitir, pero, cuando mi tía me llamó la atención sobre ello, paré. Ahí empezaron algunos de nuestros problemas: cuando le regalaba cosas simples, me decía que no lo quería y me exigía más, y yo, como una tonta, dispuesta a demostrar mi amor, se las daba. Lo último fue una cara casa donde debíamos pasar nuestros días y donde me engañó con una supuesta amiga mía, mostrándome la realidad de nuestra relación en un solo instante. La única enamorada era yo... — finalicé, mirando sus tiernos ojos, que no dejaban de observarme pensativos.


—Tú no lo amabas, Paula. Lo que tenías con él no era amor —declaró con firmeza Pedrosorprendiéndome con su seca respuesta.


—¿Cómo puedes decir que no lo quería? ¡Lo di todo en esa relación y...! —Salté de su regazo, enfurecida por sus palabras antes de que él volviera nuevamente a interrumpirme con sus sabias palabras.


—No, Paula: tú diste todo tu dinero en esa relación... una relación que en ningún momento tuvo amor alguno. Un noviazgo que sólo era perfecto porque era parte de tus sueños y te negabas a ver la realidad de la situación. Amar es ver los defectos del otro y aceptarlos, es apreciar cada parte de esa persona y no idealizarla, es intentar cambiar para estar a la altura de quien amas, como también es desquiciarte con algunas cosas de esa persona, pero, aun así, no desear que cambie...


—¡Vaya! ¿Y cómo es que te has vuelto tan sabio en el amor últimamente, Pedro Alfonso, si apenas hace unas semanas ni siquiera sabías cómo era estar enamorado? —le recordé, un tanto molesta por su presunción.


—Me acabé enamorando de una arisca gatita, y así es como me siento cada vez que estoy junto a ella.


—¿Y cómo sabes que me amas? —pregunté, confusa ante la profundidad de sus sentimientos.


—Como me dijo en cierta ocasión una sabia mujer: «Cuando estés enamorado, simplemente lo sabrás», consejo que al parecer ella rehúsa seguir. Ahora te daré yo otro: olvida de una vez ese estúpido pasado, si no, vas a perder un futuro con un hombre que te ame de verdad y que no sea una mera ilusión de una joven atolondrada. —Ante mi asombro, ésas fueron las palabras más serias que me dirigió un hombre que nunca olvidaba mostrar una sonrisa en su rostro.


Luego, ante mi enfado por la verdad de esas palabras que me catalogaban como una idiota, quise irme, pero él simplemente me abrazó y se negó a dejarme marchar por muy furiosa que yo estuviera o por más airadas que fueran mis palabras. No me soltó y, cuando dejé de forcejear entre sus brazos y finalmente me calmé, me besó con dulzura y me recordó lo más importante de esa charla.


—Te amo —confesó una vez más a mi oído, tumbándome en ese viejo sofá.


Y esta vez fui yo quien lo atrajo hacia mi cuerpo y se negó a dejarlo marchar.