martes, 13 de febrero de 2018

CAPITULO 93




—¡Tus consejos son una mierda, Pedro Alfonso—afirmaba Víctor, fastidiado, pero alegre por haber logrado que Lorena hubiera dejado por fin atrás su triste balanceo sobre ese viejo columpio.


—Eso es porque nunca has escuchado los de mi cuñado y mi hermano. Si lo hicieras, sabrías que los míos son los mejores. —Pedro sonrió alegremente, tendiéndole una cerveza.


—Recuérdame no seguir nunca los consejos de los Alfonso —reprochó Víctor, disfrutando de su bebida y de la compañía de ese tipo, que cada hora que pasaba le caía mejor, aunque no sabía si era debido a que lo estaba conociendo un poco o a que le estaba haciendo efecto el alcohol.


—Pues te diré una cosa: los Alfonso siempre conseguimos a las mujeres que amamos.


Definitivamente, que ese presumido sujeto le cayera mejor sólo podía ser por el efecto de la cerveza.


—Eso me lo creeré cuando lo vea —replicó Víctor alegremente, acabando con la sonrisa de Pedro cuando le señaló cómo su amada Paula se había encerrado de nuevo tras las puertas del despacho con ese despreciable individuo que una vez fue su prometido.


—Si me perdonas, creo que tengo que volver a marcar mi terreno —manifestó Pedro, decidido a demostrar una vez más a Manuel Talred que él era el único hombre en la vida de Paula y que, por mucho que éste intentara apartarlo de ella, eso nunca ocurriría.


Cuando Pedro llegó a la puerta del despacho, la halló entreabierta. Por unos instantes dudó si adentrarse o no en la estancia e interrumpir la conversación entre Paula y Manuel, que en esos momentos parecía de lo más aburrida, ya que estaba llena de términos legales que él desconocía.


Así que Pedro, decidido a darle un espacio a Paula y a no atosigarla demasiado con sus celos, se quedó fuera. 


Aunque, eso sí, pegó bien su oreja, tal y como hacían esas viejas chismosas de las que él mismo tanto se quejaba últimamente, para oír si en algún momento esa profesional charla sobre su cliente cambiaba hacia temas más personales, los cuales no tendría ningún reparo en acallar.


—Esto se pone difícil. Si nuestra cliente quiere, además de su libertad, su dinero y posesiones, lo tenemos complicado, ya que, después de casarse, Lorena avaló a su marido con gran parte de su patrimonio para refinanciar las deudas de él, y ahora el tipo amenaza con dejar de pagar, con lo que los acreedores ejecutarían los avales y se quedarían con todo. Por si fuera poco, ha interpuesto una demanda contra nuestra cliente por abandono conyugal, que es anterior a la petición de divorcio por maltrato que pusimos nosotros —le explicó Manuel a Paula, intentando que ella rebajara sus expectativas sobre ese juicio.


—Creo que Lorena se merece que intentemos devolverle todo lo que es suyo de todas las maneras posibles.


—Me parece perfecto que todavía mantengas esos sueños idílicos donde todo sale bien, pero la realidad es muy distinta, y es muy posible que esa mujer se quede sin nada. Y más aún si nos empeñamos en atosigar al marido con exigencias que entorpezcan nuestros pasos. Aprende de mis
sabias palabras: es mejor no perder demasiado tiempo en este caso; después de todo, esto no nos llevará a ganar prestigio o dinero alguno.


—¡Nunca cometería la aberración de aprender la más mínima cosa de ti! Si eres tan bueno en tu trabajo sólo se debe a que siempre juegas sucio y, aunque en estos momentos me conviene tu ayuda, no es así como quiero llevar este caso.


—¡Por Dios, Paula! ¡Con los años te has vuelto más atrevida y apasionada en lo que haces! Casi no me puedo creer que la mujer que se enfrenta ahora a mí sea aquella misma tímida ratita presuntuosa que siempre me seguía a todas partes —comentó atrevidamente Manuel, mientras dejaba a un lado los informes de ese caso y prestaba la máxima atención a la fémina que tenía ante él, quien parecía haber experimentado un gran cambio desde la última vez que se vieron.


—Por aquel entonces yo sólo era una idiota a la que tú sabías manejar muy bien... Ahora no lo soy, y nunca más me dejaré manipular por un hombre como tú, Manuel Talred —repuso con decisión Paula, ignorando la ávida mirada de
los fríos ojos azules de Manuel y sus absurdos avances que nunca llevarían a nada.


—Me tientas a intentar conseguirte de nuevo. Sabes que soy mil veces mejor que ese veterinario de tres al cuarto y que si sales con él es solamente porque se parece a mí —se jactó con arrogancia Manuel, acorralando a Paula contra la montaña de papeles de la mesa.


Si Manuel esperaba su habitual sonrojo, o timidez ante sus avances y una fácil rendición ante sus encantos, se llevó una gran decepción cuando Paula lo apartó de ella como si de alguien insignificante se tratara para luego carcajearse en su cara haciéndole ver la verdad de sus palabras: él ya no tenía cabida en la vida de Paula, una mujer que era indiferente ante él, porque simplemente estaba enamorada.


—Tú no te pareces en la más mínima cosa a Pedro Alfonso. ¡Él es mil veces mejor que tú!


—¡Ah! ¿Y qué tiene de especial ese niño bonito para que te hayas encaprichado de él?


—Sabe cómo hacer que una mujer olvide sus malos recuerdos, sabe hacerme reír y, lo más importante, me ama como nadie lo ha hecho jamás hasta ahora...


—¡Venga ya, Paula! Si el estar contigo era como hacerlo con un bloque de hielo... ¡No me digas que ahora te gusta el sexo! Porque entonces estoy dispuesto a intentarlo de nuevo... —declaró maliciosamente Manuel, acorralándola otra vez, en esta ocasión contra las estanterías del estudio.


«¡Suficiente!», dijo para sí mismo Pedro mientras se adentraba silenciosamente en la estancia decidido a dejar inconsciente a ese sujeto.


Sus pasos se detuvieron en mitad de la habitación cuando escuchó las palabras de Paula.


—¡Tú eras quien me dejaba fría, Manuel! He descubierto que, con el hombre adecuado, el sexo puede llegar a ser maravilloso —dijo Paula, intentando librarse del agarre de ese mamarracho.


—¿Me puedes decir por qué ese hombre es tan especial para ti? —ironizó Manuel, cogiendo las manos de Paula, que lo golpeaban, con una sola de las suyas, y luego alzándolas por encima de su cabeza a la vez que se negaba a dejarla marchar.


—¡Porque lo amo! —confesó fieramente Paula enfrentándose a esos fríos ojos azules que ahora sabía que en ningún momento habían sentido nada por ella, ya que nunca la habían mirado con la intensidad que llegaban a expresar los hermosos ojos de su eterno enamorado.


Pedro quedó paralizado por unos instantes al oír la confesión que tanto había deseado escuchar salir de los labios de Paula. Después simplemente se acercó a Manuel en dos únicas zancadas y lo apartó con fuerza de Paula como si fuera un simple e insignificante obstáculo colocado en su camino.


—¿Me amas? —le preguntó Pedro, pletórico de felicidad, mientras la acogía con fuerza entre sus brazos.


—Sí —contestó sin dudar Paula, un tanto confusa por la súbita aparición de su amante que, como siempre, surgía en el momento más adecuado.


Pedro no necesitó nada más para sentirse lleno de felicidad en esos instantes, así que, para demostrarle a Paula cuánto le agradecía que al fin hubiera tenido el valor de pronunciar esas palabras, la besó con la pasión de un hombre enamorado.


«Aunque tal vez ese beso arrebatador sirva para algo más», pensó Pedro mientras sonreía maliciosamente a la vez que hacía que Paula se inclinara hacia atrás entre sus poderosos brazos y le mordía levemente sus jugosos labios para luego dedicarles sutiles caricias con los suyos.


Cuando ella gimió excitada por el ardor de los avances de su lengua, Pedro agarró con suavidad sus cabellos y la incorporó, separándose de Paula antes de que ambos perdieran el control de sus cuerpos como siempre hacían en los lugares más inadecuados. Cogió con firmeza la mano de Paula y la animó a seguirlo, y ella, como toda mujer enamorada, no le negó nada.


Desde el suelo, pues con el manotazo de Pedro había ido a parar allí, un hombre atónito los observaba alejarse del despacho.


—Ni se te ocurra volver a acercarte a ella. Tú, definitivamente, no das la talla —se burló el veterinario, mirando a esa sanguijuela con una de esas altivas miradas que los Chaves siempre utilizaban.


Pedro no se quedó para oír las protestas de ese tipo que tan poco le interesaban, porque, sin duda, tenía cosas mejores que hacer que pelearse con él, pensaba mientras miraba a su sonrojada mujer, que seguía su acelerado paso hacia la planta superior, donde una cama los esperaba.


Pero su mala suerte o, mejor dicho, sus inoportunas carabinas, se interpusieron en su camino hacia lugares más placenteros. La inquebrantable figura de una furiosa anciana, acompañada por su rechoncho compañero perruno, los esperaban en lo alto de la escalera con los brazos cruzados y un gesto acusador. De una sola y apabullante mirada acabó con toda la excitación del momento y luego, mientras lo separaba de su sobrina, simplemente le ordenó:
—¡Fuera antes de que le eche a los perros!


—¿Qué perros? Si sólo tiene un chucho con sobrepeso... —replicó sarcásticamente Pedrofastidiado por su destierro mientras los ladridos de un furioso y ofendido animal lo perseguían hasta la salida... aunque resultó bastante divertido ver cómo ese orondo animal intentó seguirlo bajando con dificultad la escalera, y, tras los tres primeros escalones, se negó a descender ninguno más, ladrándole intensamente desde la distancia.


—De verdad que necesitas ponerte a dieta — le comentó Pedro a Henry, haciendo que éste se ofendiera más todavía por lo que significaban sus palabras: una nueva dieta de pienso light.


Paula lo acompañó hasta la salida, y besándolo furtivamente antes de que su tía pudiera reprenderla de nuevo por sus acciones, le susurró «esta noche en mi habitación». Tras esa súbita declaración, Pedro oyó a sus espaldas las exaltadas exigencias de una anciana que le sacaban de quicio.


—¡Y tú, jovencita, a trabajar!


—Si en eso estaba cuando me interrumpiste...


—¡Que yo sepa, lo que ibais a hacer no tiene nada que ver con tu caso! —reprendió la rígida anciana a su sobrina.


—¡Oh, pero si sólo me dirigía a la planta de arriba para pedir tu opinión! —respondió Paula de forma inocente, burlándose de su tía.


—Sí, claro —replicó escépticamente Mirta mientras ponía los ojos en blanco—. Pues mi opinión, jovencita, es que no puedes utilizar las habitaciones de arriba para hacer eso.


—Bueno, tía, ahora que me ha quedado claro, vuelvo a mi trabajo —comentó alegremente Paula.


—¿Por qué estás tan contenta? —preguntó Mirta Chaves, confusa por el repentino buen humor de su sobrina.


—Porque no me has dicho nada de las habitaciones de abajo... —dijo desvergonzadamente Paula mientras, feliz, se alejaba de una anciana que no cesaba de perseguirla, dispuesta a recordarle lo que nunca debía hacer.


—¡Ven aquí, señorita insolente! —intentaba reprender severamente Mirta una vez más a su sobrina, pero, ante el estruendo de su risa, desistió por completo


Al parecer, ese hombre había conseguido que su sobrina volviera a reír con alegría y, aunque esto era un punto a su favor, todavía quedaban muchas cuestiones por responder sobre cómo era en realidad Pedro Alfonso. Mirta esperaba que ese joven muy pronto le mostrara la clase de persona que era y que, finalmente, le demostrara que ella no se había equivocado en su primera elección y así, igual que su marido Henry había sido el único para ella, él sería el único para Paula...








lunes, 12 de febrero de 2018

CAPITULO 92





Era sorprendente que una joven tan decidida como Paula Chaves hubiera pasado por algo parecido a lo que le había ocurrido a ella. Podía ser una mentira de esas que a veces contaban los abogados para apoyar a sus clientes, pero en los ojos de Paula pudo percibir un dolor que, aunque había intentado ocultar, ahí estaba, recordándole su pasado.


En unos segundos, habían pasado de estar abrazándose como dos niñas desconsoladas a contarse sus penas. 


Mientras Lorena había elegido casarse con ese bruto por su cuenta a pesar de que conocía parte de su carácter, Paula había pasado de tener una hermosa familia a ser tratada como basura por los parientes que debían hacerse cargo de ella.


Después de que Paula le contara cómo su tía Mirta se había enfrentado a todos para obtener su custodia con todo su dinero y poder, y todo lo que esa anciana había logrado a lo largo de los años defendiendo a las mujeres en los tribunales,


Lorena se había tranquilizado un poco. Y, aunque sabía que no estaba a salvo de las garras de su marido, sí tenía claro que, indudablemente, esas mujeres serían para ella la mejor opción.


—¿Qué te inquieta? —quiso saber Paula, tratando de calmar todos sus miedos, algo que nunca podría lograr por mucho que lo intentara.


—Ese hombre de la cicatriz. Es muy grande y fuerte... y puede ser muy violento en alguna ocasión. Ayer cogió al intruso y luchó con él delante de mí... Creo que se le escapó cuando vio cómo lo miraba yo... aterrorizada...


—¿Víctor? Tranquila, Lorena, es el hombre más dulce y templado que conozco. Le encantan los gatitos y su hobby, no te rías, es hacer croché —le confesó, dejándola asombrada.


—Pero su cicatriz... —apuntó Lorena, sin creer la ridícula revelación de Paula.


—La tiene desde pequeño. Mi tía lo acogió con apenas diez años porque era el nieto de Mortimer, un agradable empleado y amigo de mi difunto tío. Víctor vivió con su abuelo hasta hace unos años, cuando éste murió. Entonces tía Mirta le ofreció un empleo que no pudo rechazar. En cuanto a la cicatriz... eso es algo sobre lo que quizá debas ser tú quien le pregunte, creo que se la hizo su padre, pero nunca me atreví a remover su pasado porque sus ojos, al igual que los míos, se llenan de tristeza. »En cuanto al trabajo que desempeña Víctor para mi tía, es muy simple: además de ser su chófer personal, él es el hombre que se encarga de asegurar la protección de cada una de las mujeres que hay en nuestra asociación. No te impondré su presencia, pero deberías tener en cuenta que Víctor sería el último hombre en el mundo que se atrevería a dañar a una mujer.


Después de estas palabras, Paula se marchó, dejando a Lorena nuevamente a solas con sus pensamientos. Mientras ella se columpiaba intentando recordar los días felices, esos en los que no había conocido a su marido o la desesperación del miedo, oyó tras de sí unas pisadas y, al volverse, vio a un hombre de aspecto muy intimidante que se acercaba a ella.


Lorena se encogió en su lugar, temerosa de alguien como él y de la terrible marca en su rostro.


Lo observó un tanto reticente desde su sitio.


Cuando él se halló finalmente junto a ella, miró el columpio que estaba a su lado sin saber qué hacer con él, ya que su enorme cuerpo sin duda no cabría en ese minúsculo espacio por mucho que lo intentara.


Pero, ante el asombro de Lorena, ese hombre lo intentó de decenas de maneras diferentes. Cuando cayó cómicamente al suelo, Lorena no pudo resistirse a reír con estruendosas carcajadas.


Entonces recordó que la risa estaba prohibida y se calló, tapándose la boca, a la espera de los gritos, la desesperación y el miedo.


Y esperó y esperó, y... ante la confusión de lo que era normal para ella, Lorena volvió su cara y encontró al hombre más atemorizante de todos cuantos había conocido en su vida aún tumbado en el suelo, sonriéndole como un niño pequeño ante un regalo nuevo.


—Me gusta tu sonrisa —dijo Víctor, sin moverse de su ridícula posición.


Y ante el asombro de todo lo que era nuevo para ella, Lorena dejó de cubrir su sonrisa y miró más de cerca esa cara que ya no era tan aterradora.


Luego, por impulso o tal vez por curiosidad, acarició su fea cicatriz.


—¿Te dolió? —preguntó Lorena, sin esperar recibir una respuesta.


—Como mil demonios... pero sanó. Como algún día harás tú —declaró Víctor con ternura mientras rozaba con su rostro la dulce mano que lo tocaba. Lorena se apartó rápidamente sin creerse lo que había tenido el atrevimiento de hacer.


Víctor abrió los ojos cuando las caricias cesaron y la miró con la pasión de un hombre enamorado.


—Quiero que sepas que me gustas, Lorena, pero nunca te retendré o te haré daño. Sólo tomaré lo que tú quieras darme, y cuando estés plenamente preparada.


—Yo... yo... estoy casada —dijo Lorena, sujetando contra su pecho la audaz mano con la que había tocado a ese hombre mientras lo miraba aterrada, sin saber qué hacer ante esa situación.


—Eso es algo que muy pronto remediaremos —contestó Víctor despreocupadamente, acabando con su máxima objeción.


—Tengo miedo... —confesó Lorena.


—¿De mí o de tu situación?


—De ambos.


—Entonces eso nos llevará algún tiempo, pero, sin duda alguna, lo solucionaremos —declaró alegremente el seducido sujeto, y Lorena, después de ver su determinación y su hermosa sonrisa que cada vez le parecía más atractiva, hizo lo único que podía hacer una confusa y asustada mujer en esos momentos: correr hacia la seguridad de su habitación y encerrarse en ella.


Lorena no oyó airados gritos o aterradoras amenazas que afirmaran su cobardía. Desde su habitación, únicamente oyó las risas joviales de dos hombres que se dirigían leves reproches, lo que le hizo esbozar una pequeña sonrisa.



CAPITULO 91





—¿Por qué no estás fuera? —preguntó Víctor a Pedro mientras observaba como éste no alejaba sus ojos de Paula ni un solo momento.


—Necesitan estar solas —contestó seriamente el hombre que hasta hacía poco sólo había mostrado a todos sus estúpidas sonrisas.


Víctor, que en un principio lo había catalogado como «otro idiota igual al anterior que había pasado por la vida de Paula», ahora no sabía cómo clasificarlo. A decir verdad, cuando lo conoció ganó algún que otro punto ante él por golpear a ese idiota de Manuel Talred. Luego los perdió todos al abrir su enorme bocaza e insultar a los Chaves, aunque en esos momentos él no sabía que lo estaba viendo y tenía entre sus manos un caro libro de adiestramiento canino mientras se peleaba con ese perro que en algunos momentos podía llegar a volver loco a un santo. Parecía que ese tipo era serio en lo que se refería a su amiga.


En verdad, en esos instantes tenía toda la apariencia de un hombre enamorado.


—¿Y por qué no estás tú allí fuera, consolando a Lorena? —preguntó Pedro, interesado, mientras miraba suspicazmente a ese rudo hombre que, como él, nada podía hacer para ocultar sus sentimientos.


—Ése no es mi trabajo —respondió secamente Víctor, sin poder apartar sus ojos de la tierna escena que se desarrollaba fuera, deseando ser él mismo el consuelo de esa tierna muchacha que tanto lo temía.


Pedro bufó despectivamente ante sus palabras.


Luego volvió a llenar el incómodo silencio con una historia.


—Yo tenía una clienta que odiaba a los perros porque de pequeña uno le había mordido. Años más tarde, heredó de un tío suyo un perro descomunal, un dogo argentino. Prácticamente son tan grandes como un potrillo. Cuando ella quiso sacrificarlo, le fui dando largas y excusas, haciendo que conviviera con ese animal durante un mes. Tras ese tiempo, nadie pudo separarla nunca de ese noble ejemplar.


—¿Para qué narices me cuentas esa estupidez? —gritó Víctor, enfurecido con el tonto relato de ese necio veterinario.


—Si no te conoce, te seguirá teniendo miedo —indicó Pedro, señalando a la mujer que era su más grande anhelo desde que la conoció.


—Tú no lo comprendes... Lo tuyo es más fácil... Tú...


—Sí, es verdad, yo sólo tengo un exnovio estúpido que cada dos por tres intenta meterse en medio, una vieja loca que cree que voy tras el dinero de su sobrina, un perro que me odia y una mujer que se niega a decirme que me quiere —ironizó Pedro, haciéndole olvidar sus excusas y enfrentarse finalmente a su cobardía.


—¿Quieres una cerveza? —ofreció Víctor, resignado a tratar con ese alocado personaje que, después de todo, no daba tan malos consejos.


—¡Ya era hora de que alguien me ofreciera una bebida decente en esta casa! —Pedro sonrió, aceptando de buen grado la invitación que se le hacía.


Víctor se sentó junto a él sin saber aún si era un idiota redomado, un genio oculto, un diamante en bruto o, simplemente, un loco enamorado.


«Algo que todos los hombres llegan a ser en alguna ocasión», pensó Víctor mientras brindaba por la mujer que le había hecho darse cuenta de que al fin había llegado su hora de experimentar ese estúpido sentimiento que algunos llamaban «amor».


CAPITULO 90




Me adentré en la casa sin tener la seguridad de que fuese una buena idea el dejar a solas a esos dos sobreprotectores personajes discutiendo sobre lo que era mejor para mí, cuando ni siquiera yo lo sabía. Me había enamorado con locura de un hombre algo atolondrado que, aunque en algunos aspectos era parecido a la persona que tanto daño me había hecho, en otros siempre sería distinto, porque nadie se podía comparar a Pedro Alfonso.


Pedro era un embaucador nato que sabía tratar con todo tipo de personas quedando siempre bien bajo el perfil de una falsa sonrisa, pero también era un loco desordenado y desastroso que a veces no sabía dónde tenía la cabeza y, en la mayoría de ocasiones, su bocaza hablaba sin detenerse a considerar las consecuencias.


A pesar de todos sus defectos, lo que más me gustaba de él era la sinceridad con la que hablaba, la sonrisa que siempre intentaba hacer emerger de mi rostro cuando algo me preocupaba, y, pese a que sus palabras muchas veces carecieran de tacto alguno, siempre sabía qué decir en el instante en el que más lo necesitaba.


La noche anterior, sin ir más lejos... Me había hecho enfrentarme a mis miedos y hacer que me percatase de que era una idiota y que simplemente me había escondido en el pasado para no seguir adelante con mi vida. Tras escuchar sus palabras, confesándome nuevamente que me amaba, no pude resistirme más a él y le demostré cuánto lo amaba yo, con cada milímetro de mi cuerpo.


Ahora sólo me faltaba decírselo con esas palabras de las que tanto había recelado yo en los últimos años, pero que de nuevo pugnaban por querer salir de mis labios para gritar al mundo entero que me había vuelto a enamorar, y que esta vez el hombre al que había decidido entregar mi corazón, sin duda, lo merecía.


Caminé decidida hacia donde mi tía me había indicado que se hallaba Lorena. Desde la puerta trasera de la casa la vi meciéndose desconsoladamente en el viejo columpio de ese hogar. Algo alejado, Víctor observaba la melancolía de esa delicada mujer, pero no se acercaba a ella porque, sin duda, sus dos metros de altura, su ruda apariencia y la fea cicatriz que mostraba su rostro la asustarían más aún de lo que ya estaba. Víctor alzó su mano, como queriendo tocar a Lorena desde la lejanía. Luego simplemente cerró su puño como si no mereciera hacerlo y lo bajó airadamente, decidido a olvidarse de esa irracional idea.


Cuando pasé junto a ese hombre al que conocía desde hacía muchos años y al que siempre había admirado, él se alejó algo avergonzado por haber sido descubierto y, como siempre hacía, habló con las sabias palabras de un anciano a pesar de tener sólo unos seis años más que yo.


—El intruso era su marido. Lo derribé, pero logró escapar. Ahora mismo está atemorizada, tanto por lo que su marido le pueda llegar a hacer en un futuro como por lo violento que me mostré delante de ella.


—¿Te tiene miedo? —pregunté, extrañada de que Lorena temiera las acciones del hombre que la había salvado.


—¿Quién no me teme, Paula? —replicó Víctor con una irónica sonrisa mostrándome su cicatriz.


—Yo —contesté decidida, sin vacilar en ningún momento.


—Creo que los Chaves sois la excepción. Por eso me gustáis tanto —contestó Víctor, revelándome una falsa sonrisa que intentaba ocultar sus verdaderas preocupaciones mientras se dirigía al interior de la casa, desde donde, para nuestra tranquilidad, o tal vez la suya, no dejaría de vigilarnos.


Me senté en el otro columpio y me balanceé descuidadamente sin saber qué decirle a Lorena
para infundirle valor. Podría intentar convencerla de que todo saldría bien, pero eso no era cierto.


En un caso en el que teníamos tantas cosas en contra, seguro que aparecería algún que otro problema que nos volvería locos. Podría asegurarle que con nosotros estaría siempre a salvo, pero la verdad era que la noche anterior no pudimos impedir que ese intruso invadiera nuestro hogar. Nada de lo que yo le dijera le extirparía su miedo constante, así que simplemente le dije la verdad.


Por primera vez en muchos años, hablé de un período de mi vida que siempre había querido olvidar, pero cuyas pesadillas aún me perseguían.


Miré a la distancia recordando el dolor del pasado y hablé libremente de todo ello, diciéndole adiós a una parte de mi maltrecha alma.


—Sé lo que es tener miedo constante a hacer algo mal, sé lo que es dudar de ti misma porque nunca hagas nada bien y sé lo que es temer estar lejos de la persona que alza la mano contra ti por si la siguiente vez lo hace con más fuerza que la anterior.
»Antes de ser un miembro de la familia Chaves, antes de tener el poder para evitar que nadie pudiera dañarme, mis familiares se divertían mucho asegurándome lo poco que valía, tanto con sus palabras como con sus golpes. Solamente te puedo decir una cosa: al lado de los Chaves tendrás más posibilidades de salir del infierno que estando tú sola. Y, si decides volver con él, la próxima vez que levante su mano puede ser la última para ti. —Tras estas palabras, levanté mis ojos hacia su triste mirada y ella se abrazó mientras me confesaba:
—Tengo miedo.


—Yo también lo tuve —contesté. Y mientras permitía que ella me abrazara desahogando sus lágrimas, yo también dejé salir algunas al recordar mi pasado.


Cuando volví mi rostro hacia la casa, vi a Pedro de pie junto a la puerta. Supe que había escuchado cada una de mis palabras en el momento en el que su mirada me observó con anhelo y sus brazos se cruzaron sobre su pecho, un gesto que hacía cuando quería abrazarme con fuerza para protegerme entre sus brazos y yo no se lo permitía.


Mis ojos lo miraron, ansiando su cariño, y en un susurro le rogué:
—Más tarde.


Él, como siempre hacía, comprendió lo que necesitaba en esos momentos y me dejó a solas consolando el dolor de esa chica que tanto me recordaba al que una vez fue el mío.